Carta del distrito - Editorial T. C. nº 258

Muerte “digna”


La perversión del orden natural es consecuencia del alejamiento de Dios y de sus mandamientos. Al no poder mantenerse indiferente ante Dios, el hombre, en su rebelión contra su Creador, no puede resignarse a vivir como si Dios no existiera; desearía que todos compartieran su punto de vista y vivieran del mismo modo. Y cuando el mal va tomando fuerza al punto de imponerse en la vida pública, se forma como una especie de odio y de revancha contra todo lo que recuerda la noción de Dios y de su Iglesia. Dios molesta y hay que oponerse a todo lo que lo mencione directa o indirectamente. Ya no se trata de limitar la acción de Dios únicamente al orden privado, sino de excluirlo totalmente de cualquier orden. No nos extrañemos, pues, ante el avance de leyes anticristianas. Y al que se oponga, habrá que juzgarlo como a los primeros cristianos, que supuestamente se levantaban contra las leyes del Imperio. Hoy el “imperio” es la democracia y las leyes aprobadas por la mayoría de los ciudadanos. El católico se encontrará en lasituación de no ser condenado por defender un artículo de la fe, sino por oponerse
al aborto, al divorcio, a la educación por la igualdad de género, a las uniones de homosexuales…


Entre estos puntos opuestos a la doctrina católica y a la ley natural destaca también la eutanasia. La Asamblea de Madrid aprobó el jueves 2 de marzo por la tarde por unanimidad el proyecto de ley para garantizar la muerte digna, con el título de “Ley de derechos y garantías de las personas en el proceso final de la vida”. Siempre palabras solemnes que esconden atroces engaños. ¿Cómo se presenta? La norma trata de garantizar un marco legal tanto al paciente que desee recibir cuidados paliativos como a los médicos que los traten. Todo ello en un entorno de “respeto a la libertad” que incluye el rechazo de los tratamientos, sedación paliativa y medida de soporte vital. Pero no nos engañemos: “Muerte digna”es sinónimo de eutanasia encubierta. Lo esencial en este proyecto de ley es que le quita al médico autoridad y se la cede al paciente, de suerte que el médico nada puede hacer contra la voluntad del paciente. La ley no sólo permite, sino que incluso obliga al facultativo a que deje de cumplir con su deber de curar y defender la vida. No hay espacio para la objeción de conciencia.

Madrid se suma de este modo a varias comunidades que cuentan también con un texto propio a este respecto. Andalucía fue pionera al aprobar en 2010 una ley que permite, e incluso obliga, a poner en marcha prácticas eutanásicas. Galicia, Vascongadas, Aragón, Baleares, Canarias y Asturias, la última en incorporarse el año pasado, cuentan también con leyes concretas sobre la “muerte digna”. Por su parte, Cataluña aprobó el 26 de enero una moción que despenaliza la eutanasia e insta al congreso a modificar el Código Penal para despenalizar la ayuda alsuicidio. El resto de comunidades aún no tienen una ley propia, aunque cuentan con registros de voluntades anticipadas. Es precisamente por esta situación de “desigualdad” por lo que distintas organizaciones reclaman una ley estatal que reconozca el derecho de las personas a morir dignamente. Actualmente no hay una ley que lo regule en todo el país, aunque se están dando pasos en el proceso de
despenalización de la eutanasia y el suicidio asistido, así como en la redacción de una ley estatal.


El paralelo entre aborto y eutanasia es pretendidamente simple: por una parte se alega que se elimina una vida que todavía no lo es, y por otra se alega también que se acaba con una vida que ya no es vida. Se encubre bajo razones filantrópicas a las que se añade mucho sentimiento y que acaban transformando la piedad en simple cinismo, y bajo pretexto de liberalización, se concierta una colosal ofensiva para subvertir el orden natural establecido por Dios.

En este número de Tradición Católica dedicaremos un artículo a la eutanasia, escrito por el que fue profesor de moral en nuestro seminario de La Reja (Argentina) muchísimos años. Se nos recordará cuál es la doctrina de la Iglesia sobre este tema, así como la obligación de conservar la propia vida, y hasta dónde llega esa obligación. El remedio ante este tipo de doctrinas tan opuestas a Dios y al orden natural ha de ser a la vez intelectual y moral. Intelectual para descubrir los fundamentos erróneos de estas falsas ideologías, arrancarles la careta de “humanismo”, de “libertad” y de “progreso”, que no son más que una clara oposición a Dios y a su “dulce yugo”. Basta ver los comentarios que hay en pro de la eutanasia, y que son un claro ataque contra la Iglesia Católica.

Trataremos también del respeto debido a los cuerpos de nuestros difuntos, dela inhumación de los cuerpos y de la doctrina que se le opone, la incineración.

Finalmente recordaremos algunas enseñanzas sobre el modo de tratar y cuidar a nuestros enfermos. Intentamos aliviar su dolor, pero sin perder de vista la Cruz de Cristo, que es la que fortalece y da sentido a nuestras vidas.


En el fondo nos resistimos a aceptar un dolor que nunca podremos evitar totalmente. Hablamos continuamente de mejorar nuestra calidad de vida, y aunque es legítimo hacerlo, no lograremos encontrar en este valle de lágrimas el lugar de nuestro descanso y perfecta felicidad. Podemos sufrir, o bien como paganos para quienes esta vida lo es todo, o bien como discípulos de Nuestro Señor, que afrontan con resignación y buena disposición ese sufrimiento que nos conduce a una vida mejor, la vida eterna. El católico conoce el sentido del dolor, y lo que pide es fuerza para sobrellevarlo cuando no puede evitarlo; es consciente de que, a través de ese dolor, opera la redención de las almas, o según expresión de San Pablo, completa Lo que falta a la Pasión de Cristo.