Carta del distrito - Editorial T. C. nº 256

Preparación al centenario de las apariciones de Fátima

          Con motivo de las ordenaciones sacerdotales en Zaitzkofen, Alemania, el 2 de julio del 2016, Mons. Bernard Fellay, Superior general de la Hermandad Sacerdotal San Pío X, anunció el lanzamiento de una nueva Cruzada del Rosario, con el fin de prepararse espiritualmente para el centenario de las apariciones de Nuestra Señora en Fátima (de mayo a octubre de 1917).

         Esta Cruzada, que empezó el pasado 15 de agosto finalizará el próximo  22 de agosto de 2017, y tendrá las mismas intenciones indicadas por la Santísima Virgen: «Jesús quiere establecer en el mundo la devoción al Inmaculado Corazón de María». Para ello, todos los fieles están invitados a:

       1. Rezar diariamente el santo rosario solo o en familia.

       2. Hacer la Comunión de los cinco primeros sábados y multiplicar                      los sacrificios de cada día en reparación a los ultrajes hechos a María.

       3. Llevar consigo la medalla milagrosa y repartirla a otros.

       4. Consagrar sus hogares al Corazón Inmaculado de María.

      Además de la propagación de esta devoción, también se rezará para (II) acelerar el triunfo del Corazón Inmaculado, y (III) para que sea hecha por el Papa y por todos los obispos católicos del mundo, la consagración de Rusia al Corazón doloroso e inmaculado de María.

        A esto añadiremos como intención especial (IV) la protección de la Santísima  Virgen a la Hermandad Sacerdotal San Pío X y a todos sus miembros, así como a las comunidades religiosas de la Tradición.

       Mons. Bernard Fellay establece como objetivo un ramillete de 12 millones de rosarios y de 50 millones de sacrificios ofrecidos a Nuestra Señora de Fátima.

       ¿Conviene insistir sobre la importancia de la recitación cotidiana del santo Rosario? Por sus frutos los conoceréis, decía Nuestro Señor; esto es, por los frutos se reconoce lo que es toda cosa. El Rosario, después de la Santa Misa, prevalece sobre el resto de las devociones, por los favores copiosísimos y excelentísimos que Dios y María quieren concedernos a través de su rezo.

      1º Bienes de orden espiritual. El Beato Alano de la Rupe, en un libro que escribió sobre las excelencias del Rosario, señala, entre los prodigios realizados por el Rosario de que él mismo fue testigo e instrumento, la conversión de personas vanas y mundanas a una vida fervorosa, mujeres perdidas devueltas a una vida cristiana, usureros que se hicieron por el rezo del Rosario liberales en limosnas, blasfemos infames corregidos de su torpe vicio, apóstatas de la religión y de la fe convertidos a ella, renegados de Dios y consagrados al demonio convertirse en celosos apóstoles de la verdadera religión, desesperados a causa de la enormidad de sus crímenes, amansados y vueltos al buen camino.

      2º Bienes de orden temporal. En el orden de los bienes materiales, el mismo Beato Alano de la Rupe atestigua haber visto, como fruto del rezo del Rosario, cómo regiones hasta entonces estériles se volvían fértiles y fecundas; cómo lugares en los que nadie podía permanecer a causa del mal aire, volverse habitables desde que la gente del lugar adoptó la práctica del santo Rosario; cómo hombres y mujeres torturados por varias apariciones de espectros y demonios, se vieron librados por esta devoción; cómo príncipes enemistados entre sí hicieron las paces y se hicieron íntimos amigos. De modo que estos beneficios materiales, y otros parecidos de que puedan tener necesidad nuestras familias, se alcanzan de Dios por medio del rezo piadoso y en familia del santo Rosario.

      Una particularidad de esa nueva Cruzada del Rosario es la necesidad de agregar la penitencia, tal y como la Virgen lo pidió en Fátima.

      No somos lógicos con nuestras convicciones, no somos consecuentes con nuestro cristianismo. Somos cristianos por la Misa del domingo y una breve oración cotidiana. Los mejores lo son por la Misa, la sagrada Comunión y el Rosario de cada día.

     Pero nuestra vida de inteligencia, nuestra mentalidad, ¡están tan poco influenciadas por nuestras convicciones cristianas! En mil cosas pensamos y juzgamos exactamente como lo harían los paganos, los no bautizados. Demasiado a menudo juzgamos las personas y cosas, los acontecimientos e instituciones, como gente sensata y prudente tal vez, como gente advertida y perspicaz, como gente de negocios experimentada, es decir, según la sabiduría que se practica en el mundo. Pero precisamente «la sabiduría del mundo es locura ante Dios», escribe San Pablo (I Cor 3, 19). Y así, demasiado a menudo nuestros juicios son diametralmente opuestos a los de Cristo, el único en ser la Verdad, la Sabiduría y la Luz del mundo. Nunca, y por nada del mundo, hemos de aceptar juicio alguno contra las enseñanzas de Cristo.

     Por el ideal de nuestra vida, el reino de Jesús por el reino de su Madre, aceptemos toda cruz y todo sufrimiento, practiquemos toda renuncia y toda abnegación, soportemos todo lo que es penoso, molesto o irritante, y hagamos todos los sacrificios que reclama de nosotros el deber de cada instante y las circunstancias del momento. Por nuestro ideal aceptemos toda inmolación pasiva, impuesta por la voluntad y la Providencia de Dios, y asimismo toda inmolación activa que nos reclame la ley o el deseo de Dios.      

     Aprendamos a ofrecerle a Dios cada una de nuestras jornadas, cada uno de sus instantes, tanto los más insignificantes como los más importantes. Ofrezcámosle nuestros trabajos, nuestras oraciones oraciones y nuestros sacrificios, nuestros dolores y humillaciones. Ofrezcámosle de nuevo la jornada entera de nuestra vida, sobre todo su atardecer con sus tinieblas y terrores, nuestra última enfermedad, nuestra agonía y muerte.

     Vivamos la devoción al Corazón Inmaculado, por su reino, y por el reino de su Divino Hijo.