Carta del distrito - Editorial T. C. nº 255

25 años del fallecimiento de Monseñor Marcel Lefebre.

                El 25 de marzo de 2016, Viernes Santo, nuestra Congregación, la Hermandad Sacerdotal San Pío X, evocaba con profunda piedad filial la figura de su fundador, Mons. Marcel Lefebvre, con motivo de los 25 años de su fallecimiento. Ofrecemos aquí, a fin de honrar la memoria de este hombre de Iglesia, un compendio de los principales rasgos que de él esbozó el P. Franz Schmiberger, entonces Superior general de la Hermandad, en las exequias del Prelado en el seminario de Ecône, el 2 de abril de 1991, resumiendo la acción de Mons. Lefebvre a los tres grandes ministerios del Verbo encarnado, que se prolongan a través del episcopado católico.

 

              1º «Tradidi quod et accepi»: la función de enseñar.- «Os he transmitido lo que yo mismo recibí» (I Cor. 11 23). Es incumbencia del episcopado católico transmitir fielmente la fe enseñada por Nuestro Señor Jesucristo y predicada por la Iglesia Católica. Pues bien, bajo ese aspecto, Monseñor Lefebvre supo comunicarnos en toda su integridad la fe de la Iglesia, manteniéndose él mismo inmerso en esta claridad sobrenatural, única fuente de la doctrina que transmitía a través de sus innumerables conferencias y predicaciones.

           Si la Iglesia, en los documentos de los Papas y de los Concilios, es el oráculo del Dios vivo, hemos de designar a Mons. Lefebvre como el testigo fiel de la Revelación de Dios en el siglo XX. Por este testimonio vivió y murió, y por este testimonio tuvo que sufrir, viéndose puesto necesariamente en conflicto con el espíritu y los textos del concilio Vaticano II, que contradicen la doctrina constante de la Iglesia.

           Mons. Lefebvre tuvo que optar entre ser fiel a la doctrina de la Iglesia, fecunda en instituciones cristianas durante dos mil años, o romper esta fidelidad y plegarse al Concilio y a los errores posconciliares. Y optó por la Iglesia de siempre. Si hoy toda una nueva generación de sacerdotes apóstoles y testigos de la fe trabaja por todas partes, en seminarios, prioratos, escuelas, conventos y casas de retiro, se debe en gran parte a la fe de este hombre, una fe capaz de transportar montañas, un granito de mostaza convertido en gran árbol, capaz de albergar a las aves del cielo.

            

           2º «Credidimus caritati»: la función de santificar.- «Hemos creído en la caridad» (I Jn. 4 16). El principal objeto de la fe es la caridad, esto es, el Amor inmolado y crucificado de Nuestro Señor Jesucristo, Sacerdote y Víctima para gloria de su Padre y redención de nuestras almas. Todo el «misterio de la fe» se resume en el sacrificio de Nuestro Señor, que es la fuente de la gracia y de la santificación de las almas. Esto es lo que llevaba a Mons. Lefebvre a inculcarnos que toda la Escritura está orientada hacia la Cruz, hacia la Víctima redentora y radiante de gloria; toda la vida de la Iglesia está vuelta hacia el altar del Sacrificio,y, por consiguiente, su principal solicitud es la santidad del Sacerdocio.

             Dios mismo, al elegir el día de su fallecimiento, puso un sello de autenticidad a la acción de Monseñor por salvaguardar el Santo Sacrificio de la Misa y la renovación del Sacerdocio católico: Monseñor moría en las primeras horas del 25 de marzo, fiesta de la Anunciación, momento en que Nuestro Señor, encarnándose en el seno de la Santísima Virgen, era ungido Sacerdote eterno del Nuevo Testamento y empezaba su inmolación como Víctima, con la mirada totalmente vuelta hacia el altar sacrificial de la Cruz.

 

             3º «Instaurare omnia in Christo»: la función de regir.- «Restaurarlo todo en Cristo» (Ef. 1 10). El sacrificio de la Misa, y el Sacerdocio católico que lo asegura, no tienen otra meta que poner a todas las almas, familias y sociedades bajo la gracia y bajo la ley suave de Nuestro Señor Jesucristo, hacia quien Dios ordenó toda la creación, en quien toda ella subsiste, y en quien, después del pecado original, toda ella debe ser restaurada y regenerada.

           Según esto, la luz de la fe debe restaurar la inteligencia del hombre, la gracia de Cristo debe fortificar su voluntad; los matrimonios y familias deben someterse a su ley, al igual que los estados; las escuelas deben formar a los niños según las normas y la moral de Nuestro Señor Jesucristo y de su Iglesia.   

          A esta meta se orientó toda la vida de Monseñor Lefebvre, primero como misionero en Africa, luego como Delegado apostólico para toda el Africa francófona, o como Arzobispo de Dakar, o finalmente como Superior general de los Padres del Espíritu Santo. A esto mismo se ordenaban todas las amonestaciones de los Papas, que Mons. Lefebvre no dudó en recordar a las autoridades de la Iglesia después del Concilio; y es justamente por no haber querido tenerlas en cuenta, que el humo de Satanás entró en la Iglesia, y las fuerzas anticristianas destruyen hoy las instituciones cristianas.

 

         Mons. Lefebvre fue indudablemente un hombre suscitado por Dios frente a la actual crisis de la Iglesia. Por su resistencia salvó el honor de la Iglesia, e impidió que los errores y reformas del Concilio se difundieran por toda la Iglesia sin despertar reacción ninguna. Luego, por su obra, la Hermandad Sacerdotal San Pío X, realizó su intento de formar toda una nueva generación de sacerdotes según toda la pureza doctrinal y la caridad misionera de la Iglesia, por los que salvaguardó el gran tesoro de la Iglesia, que es su sacerdocio y su sacrificio. Y finalmente, despertó en los fieles y en las familias católicas el auténtico espíritu de Jesucristo, que es el espíritu de santidad que proviene de la Cruz.

         El mejor homenaje que nosotros, hijos de Mons. Lefebvre y miembros de la Hermandad, podemos rendir a su persona, consiste en proseguir su obra con firmeza, valentía y confianza, sin desviarnos ni a derecha ni a izquierda de las pautas dejadas por nuestro Fundador.

        Que la Santísima Virgen nos alcance de su divino Hijo el espíritu de fidelidad, a fin de que todo lo que Mons. Lefebvre nos transmitió como legado preciosísimo de Cristo y de la Iglesia, podamos transmitirlo ahora nosotros a las generaciones venideras.