Carta del distrito - Editorial T. C. nº 251

¿Hacia el Concilio Vaticano III?

                 Monseñor Lefebvre decía que la mayor equivocación del Concilio Vaticano II fue el liberalismo, que da los mismos derechos al error y a la verdad, esperando de esta manera atraer el mundo a la Iglesia. Pero el resultado fue el liberalismo, que da los mismos derechos al error y a la verdad, es el contrario cuando se favorecen los malos principios. ¿El próximo sínodo sobre la familia en octubre será acaso la renovación de este mismo error? Con este sínodo, el peligro que se presenta es doble, en cuanto al fondo y en cuanto al modo.

                En cuanto al fondo porque el tema tratado es inmoral. La posibilidad de dar la comunión a los adúlteros es contraria a la enseñanza católica. Lo mismo ocurre con otros pecados mortales. Desde siempre la Iglesia ha enseñado que el pecador necesita alejarse del pecado antes de recibir el sacramento de la Sagrada Comunión. Esta práctica permite conformar nuestra manera de vivir con la obtención de nuestra fnalidad sobrenatural. Cambiar una regla práctica que se funda sobre una realidad objetiva, sería afectar a la inmutabilidad de la ley de Dios. Una cosa es que el mundo actual conduzca a los pastores a estudiar ciertas situaciones particulares y otra muy diferente es saber si la Iglesia puede aceptar situaciones que de hecho son pecaminosas. Eso, el católico no puede aceptarlo.

               Toda la fase de “refexión” desde hace un año en las diócesis se presenta como una preparación de las mentalidades a fn de que se acepte una ley futura como resultado de la expresión de la mayoría. Incluso si se diera una decisión favorable a la doctrina católica al fnal de la reunión, las consecuencias en las almas serán terribles porque el hecho mismo de discutir estas cuestiones, familiariza las mentes a aceptar un pecado que por algunos cardenales ha parecido autorizado con algunas condiciones. 

          Por ello, también en la manera de organizar el sínodo se percibe un segundo peligro. Es una ocasión para amplifcar la colegialidad, es decir, desarrollar la democratización en la Iglesia. A través de las diferentes etapas podemos notar que el tema ha sido estudiado como una proposición de ley democrática:

1 - El primer sínodo en octubre 2014 fue como una presentación de las opinio- nes en asamblea y una proposición de ley al fnal de la discusión;

2 - La segunda etapa fue el estudio a largo del año 2015 de esta proposición de ley para recoger la opinión pública;

3 – La última etapa, en octubre de 2015, consiste en la votación de la ley tras enmendarla con las observaciones de cada uno.

            Con este sínodo parece que estamos en medio de las Cortes para la elaboración de una ley que se impondrá a todos. Así, estamos ante este doble mal: la posibilidad de cambiar el comportamiento de la Iglesia en favor de los pecadores y el de aumentar la democratización dentro de la Iglesia.

            El sínodo comete el mismo error que el Concilio Vaticano II: reducir la verdad con el sueño de atraer al pecador y pensando que la verdad se impondrá por su propia fuerza. En realidad es el mal el que se desarrolla arrastrando con él a las almas de buena voluntad. El proceso de subversión con- tinúa con el mismo método propio a todas las revoluciones: se adelanta mucho, se regresa un poquito y las mentalidades se van adap- tando poco a poco. Pero al final el error se difunde.

          ¡Cómo no ver la mano secreta  de los enemigos de la Fe que intentan imponer a la Iglesia reformas en profundidad que sean irreversibles! Y eso se consigue por la “praxis”, como lo afirmó el Cardenal Kasper, explicando las ilusiones del Papa Francisco .

           Por el contrario, el sínodo debería ser la ocasión para la Iglesia de enseñar la verdad inmutable y la ley divina para que el pecador pueda salir de su pecado. Esta es la verdadera misericordia a ejemplo del Salvador que dijo muchas veces después de un milagro: “Tu fe te ha salvado. Ve y no peques más.”

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                            Padre Philippe Brunet