Carta del distrito - Editorial T. C. nº 249

“Lloraréis y os lamentaréis y el mundo se alegrará” (Jn 16, 20).

a propósito de la beatificación del papa pablo VI

Queridos fieles,

             Después de la canonización de los Papas Juan XXIII y Juan Pablo II en los primeros meses de este año, las autoridades de la Iglesia quieren dar ahora como ejemplo a los fieles la figura del Papa Pablo VI. Mientras que el mundo se alegra a causa de la beatifcación de este Papa, sin duda ustedes se entristecerán por este acto ya que, igual que yo, verán en esto un escándalo que pone en peligro la Fe de los fieles católicos. En efecto, debido a tal beatificación nos damos cuenta desgraciadamente de que las autoridades eclesiásticas ofrecen una vez más como modelo la acción de un Papa que, apoyándose en los textos conciliares del Vaticano II, ha dado un trato de favor a la herejía a lo largo de su pontifcado.

            Para comprender esta indignación recordemos que cuando la Iglesia pone como ejemplo a uno de sus servidores por medio de una beatifcación o una ca- nonización, la santidad que se muestra se apoya ante todo en la heroicidad de la práctica de las virtudes dentro del deber de estado, incluso antes de la santidad puramente personal del individuo. Ahora bien, el deber de estado de un Papa con- siste antes que nada en enseñar y proteger la Fe católica. El Concilio Vaticano I nos lo recuerda en estos términos: “El Espíritu Santo no se ha prometido a los sucesores de Pedro para que den a conocer bajo su inspiración una nueva doctrina sino para que, con su asistencia, guarden santamente y expongan fielmente la revelación transmitida por los Apóstoles”  (1)Este deber pontifcio a favor de  la Fe es la primera condición para el reconocimiento de la santidad de un Papa. No obstante advertimos desgraciadamente que el pontifcado de Pablo VI está en contradicción con esta enseñanza. Por el contrario éste se distinguió por poner en práctica, en la manera de actuar de la Iglesia, una serie de principios modernistas contenidos y profesados por el Concilio Vaticano II.

             De nuevo, más que un juicio, una sencilla comprobación de los hechos basta como prueba de nuestras palabras. Tres aspectos indicadores del pontifcado de Pablo VI pueden ilustrar su actitud a favor de los errores del Concilio Vaticano II. En primer lugar el Papa se ha hecho garante del ecumenismo gracias a su irenismo en relación con los herejes, recibiendo por ejemplo la bendición del “arzobispo” anglicano de Canterbury (2) o también con algunos encuentros como el de 1965 con el Patriarca cismático Atenágoras I  (3) permitiendo de esta forma creer a los fieles que existe la posibilidad de diferentes caminos de salvación fuera de la Iglesia católica y anulando la condena de 1054 que la Iglesia católica hizo recaer sobre los Ortodoxos. Al mismo tiempo comprobamos que por el contrario actuó con intransigencia respecto a la Tradición católica condenando la obra de Monseñor Lefebvre(4) que no hacía más que defender la integridad de la fe católica.

          Además, apoyándose en los textos del Concilio Vaticano II a favor de la libertad religiosa(5), el Papa ha animado, a través de la vía diplomática, la abolición del reconocimiento del catolicismo como religión de Estado en la Constitución de numerosos países, especialmente en España, reduciendo así el Primado de Cristo Rey sobre las naciones.

         Finalmente promulgó el “Novus Ordo Missae” que instituyó la nueva Misa llevando incluso el nombre mismo del Papa Pablo VI. La nueva Misa es sin duda para nosotros, aun hoy en día, la cara visible del iceberg en la crisis de la Iglesia y seguimos comprobando actualmente los efectos nefastos de esta liturgia creada para agradar a los herejes, de forma especial a los protestantes. Esta nueva liturgia, “que se aleja de forma impresionante, en el conjunto como en el detalle, de la teología católica de la Santa Misa”(6), lejos de llevar las almas a las iglesias, aleja a los feles de la Fe católica.

          Nos entristece ver cómo, por los actos más que por los discursos, el Papa Pablo VI se empeñó en favorecer el desarrollo del modernismo en la Iglesia destruyendo metódicamente la obra de sus predecesores, en particular desmantelando las barreras que el Papa San Pío X había reforzado contra las olas vomitadas por “la cloaca de todas las herejías”(7).

          Sólo nos queda lamentar que esta obra de destrucción sea dada hoy como ejemplo merced a la beatifcación de aquel que, tomando las palabras mismas de Pablo VI, ha servido a “la religión (pues es una religión) del hombre que se hace Dios” en detrimento de “la religión del Dios que se ha hecho hombre”(8).

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                              Padre Felipe Brunet

 

(1) Concilio Vaticano I, Pastor Aeternus, cap. 4, Denz. 3070.

(2) 23 de marzo de 1966, encuentro con el Doctor Ramsey en la Basílica de San Pablo Extramuros, en 1962, la Revolución en la Iglesia, Ed. Le Courrier de Rome, pg. 100.

(3) 7 de agosto de 1965, declaración común con el Patriarca cismático de Constantinopla, Atenágoras I, en 1962, la Revolución en la Iglesia, Ed. Le Courrier de Rome, pg. 100.

(4) Suspensión a divinis, 22 de julio de 1976.

(5) Concilio Vaticano II, Dignitatis humanae .

(6) Breve examen crítico de la nueva Misa, carta introducción de los Cardenales Ottaviani y Bacci, 3 de septiembre de 1966, parr. 1.

(7) San Pío X, Pascendi Dominici Gregis, 8 de septiembre de 1907, parr. 53.

(8) Pablo VI, discurso de clausura del Concilio Vaticano II, 7 de diciembre de 1965.