Carta del distrito - Editorial T. C. nº 248

Hogar, dulce hogar.

                  El título de la película que da nombre a este editorial, rodada en 1952 e interpretada por Cary Grant, nos sirve en esta ocasión de inspiración y arranque para algunas refexiones relacionadas con la familia, la educación de la prole y por supuesto, concretamente, sobre el matrimonio.

                   Es indudable que dentro de la revolución que sufrimos en todos los órdenes la familia ha sido, y es en nuestros días con rabiosa actualidad, un objetivo primerí- simo. Leyes como el divorcio, el aborto, el pseudomatrimonio entre personas del mismo sexo, la exaltación enloquecida del concubinato y del adulterio, el apoyo al matrimonio civil, única y exclusivamente, por parte de determinados clérigos para bautizados católicos, indicándoles que pueden unirse como esposo y esposa sin necesidad del sacramento y por supuesto sin perder la fe, son causas más que sufcientes que justifican el derrumbe actual del matrimonio, de la vida familiar y el desastre de la pobreza material, humana y religiosa de las últimas generaciones.

                Estamos asistiendo a un ataque frontal y sin piedad a la institución familiar, lo cual no es descubrir nada nuevo ni tampoco afrmar nada extraordinario, aunque sí es verdad, y hay que decirlo, que por la falta de preparación de nuestras gentes, por la calamidad y obscenidad en todos los sentidos de las fuerzas políticas que nos dominan y por una patética carencia de luz y orientación de los que ostentan el magisterio docente de la Iglesia Católica, la situación a la que hemos llegado es desoladora. A través de los medios de comunicación se hace público y notorio el escándalo de numerosas personas del mundo artístico, deportivo, político e incluso de lo que se denomina frívolamente “la alta sociedad”, escándalo respecto a sus uniones ilegítimas, inmorales, altamente pecaminosas y que son una afrenta contra las leyes naturales y mucho más contra la ley divina, contra el honor de Dios.

                En medio de este caos generalizado, ¿cuáles son los remedios o actitudes que se pueden tomar ante tal catástrofe? Dejando aparte los consejos de especialistas dignos de crédito y escucha, psicólogos, sociólogos, profesores, es necesario y obligado acudir a aquello que constituye las primeras letras de nuestra fe y de nuestro comportamiento católico, es decir la práctica religiosa humilde, sincera, cotidiana y perseverante. Las personas entradas ya en años recordarán aquel lema que recorrió nuestras ciudades y que un celoso sacerdote paseó por Europa y América: la familia que reza unida permanece unida. Sin ninguna duda, categóricamente sin ninguna duda, el matrimonio que junto a sus hijos desgrana cada tarde las cuentas del Rosario de Nuestra Señora está edifcando su hogar sobre roca inamovible. Podrán reírse los impíos y los frívolos, los que a sí mismos se denominan intelectuales y los perversos, que son muchos, los clérigos desnortados de esta nueva iglesia postconciliar, y no incluyo aquí a los clérigos piadosos y cultos que se mantienen frmes en medio de esta tragedia que nos envuelve, podrán reírse todo lo que quieran y deseen pero el ofrecimiento de Nuestra Señora diciéndonos que no hay mal que el Santo Rosario no pueda remediar es verdad incontestable. La familia que reza unida permanece unida, la familia que reza unida es santuario doméstico que ninguna fuerza infernal puede derrumbar, la familia que desde sus inicios reza, desgrana el Rosario, se fortalece con los Sacramentos y en donde los hijos, todos los hijos que con generosidad los padres acojan en su amor esponsal, es roca inexpugnable que no podrá ser abatida por los vientos de destrucción de nuestra sociedad enloquecida y apóstata, de nuestra sociedad descristianizada.

                 Destruida el alma de la mujer, su ser más íntimo, el hogar no es nada más que un montón de cenizas. La lucha sin tregua contra la misión y la responsabilidad de la mujer en nuestra sociedad, en nuestras familias, produce espanto. En ningún momento se pretende justifcar o mantener determinados comportamientos vejatorios hacia la mujer, hacia la madre de familia. En ningún momento. Mas hay que levantar la voz, hoy más que nunca, contra ese rostro femenino desfigurado que en nuestros días pretenden implantar como modelo de mujer liberada y autónoma. La modestia frente a la impudicia, la humildad y pureza de costumbres frente a la soberbia desquiciadora y enfermiza, el testimonio de la virtud cristiana frente a la degradación constante de costumbres paganas. Mujeres fuertes, con fortaleza cristiana, en su cometido de  madres y esposas. Virtuosas en su aspecto exterior y en su comportamiento diario, con recia formación en la fe católica y colaboradoras insignes en la función y responsabilidad paternales de sus esposos. Frente a este hundimiento de la sociedad cristiana hay que rogar, desear y clamar por esas almas del hogar que al ser contempladas podamos adivinar de alguna manera el rostro de Aquella que es Madre de todos, la Señora por antonomasia, Nuestra Señora.

                Los padres de familia encontrarán así, con el apoyo de esposas nobles y virtuosas, vigor y fuerza en sus trabajos, alegría en sus empresas, entrega incondicional en la formación de su prole. Y por supuesto sólo así, únicamente así, el hogar será morada de amor, de unidad y de piedad sincera y auténtica. Sólo así los hijos no querrán huir de la casa de sus padres para realizarse y ser ellos mismos, realizarse en el pecado y en su propia destrucción. Sí, así, sólo así, el hogar será un dulce hogar, en medio de problemas y dolores, momentos difíciles y alegrías entrañables, luchas, algunos fracasos pero al fin victoria segura sobre los enemigos de nuestras familias, sobre los enemigos de la Cruz. “Aprended de Mí que soy dulce y humilde de Corazón”. Sí, en este Corazón, entronizado en las familias, el hogar será, por encima de todo, un dulce hogar.