Carta del distrito - Editorial T. C. nº 247

Omnes sancti et sanctae Dei intercedite pro nobis.

              Sin duda alguna, es por todos sabido, que la devoción y confanza hacia los santos, en cuanto a su poder de intercesión y ayuda, es algo que forma parte de lo más íntimo del pueblo fiel dentro de la profesión católica de su fe. De manera especial en los momentos de dolor, enfermedad o desgracia cualesquiera, no dudamos en acudir con repetida frecuencia a aquellos que ya gozan de la visión de la Trinidad beatísima para que vengan en socorro nuestro, en medio de las múltiples pruebas de este valle de lágrimas, y así con su mano amorosa podamos salir de las angustias que nos afigen en un momento u otro de nuestra vida. Ellos, que han sufrido también este destierro, nos comprenden, nos oyen con tierna solicitud, presentan nuestras súplicas ante el Altísimo y son nuestros abo- gados celosos y constantes. No hay que decir siquiera que entre estos intercesores y cirineos se llevan la palma de la solicitud Nuestra Señora, la Santísima Virgen, la Señora, y el sublime Patriarca San José, el varón justo.

          Mas siendo esto verdad, y muy verdad, los feles católicos, hijos humildes de la Iglesia, siempre han vivido en la convicción plena, y por supuesto perfecta y rectamente justifcada, así como en la vivencia frmísimo de su Fe, de que los santos canonizados por la Santa Madre Iglesia, ciudadanos del Cielo, ciudadanos de la Jerusalén celestial, han sido declarados tales después de un proceso largo, minu- cioso, estricto, históricamente avalado por el testimonio de los creyentes, sujeto a las leyes de la Iglesia hasta extremos inconcebibles para los no expertos en cánones, en la mayoría de los casos tras periodos muy dilatados de tiempo, y cuando esto último no se ha cumplido la fuerza y el clamor de los feles manifestando su creencia en la santidad del siervo de Dios ha sido de tal empuje que en ello se ha visto claramente expresa la voluntad divina, de suerte que nunca ha habido sombra de duda o vacilación en cuanto al ejercicio heroico de las virtudes de los que llenan esa inmensa pléyade de bienaventurados de la Iglesia Católica. Y sin embargo, y con todas las cautelas posibles, hemos asistido prácticamente en los últimos cuarenta años a unos actos de beatificación y canonización que nos llenan de cierta perplejidad y suma extrañeza. Se ha producido lo que podemos sin duda llamar una celeridad procesal, en cuanto a determinadas declaraciones de la Iglesia, en lo que se refiere a la santidad de algunos de sus miembros, lo que nos lleva a preguntarnos si el concepto de santidad y ejercicio heroico de las virtudes ha sufrido mutaciones considerables y esenciales por parte del Magisterio de la Iglesia. Planteadas de esta forma las consideraciones dichas no cabe duda que la gravedad de estas cuestiones rebaja la solemnidad en la declaración de santidad de aquellos que sin sombra alguna han sido declarados bienaventurados en los últimos decenios.

          El Concilio Vaticano II, que con cierta ironía podemos decir que fuera del cual no hay salvación, ha sido transformado por arte de no se sabe quién, o puede ser que sí se sabe, de reunión pastoral en asamblea dogmática. Pero lo que sí es cierto que para dar el espaldarazo defnitivo al fenómeno Vaticano II se han llevado a los altares a una serie de fguras de la Iglesia cuya relevancia está por encima de lo eclesial y espiritual. Nombres como la Madre Teresa de Calcuta, cuya bondad humana no se pone en cuestión, Monseñor Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei, Monseñor Álvaro del Portillo, o los Papas Juan XXIII, Juan Pablo II o Pablo VI, son personalidades elevadas a los altares, algunos de ellos en los próximos meses, para justifcar con fuerza irresistible el consabido apotegma “el Concilio Vaticano II una primavera para la iglesia, el soplo del Espíritu Santo en el encuentro de la Iglesia con el mundo de hoy”.

           No obstante el Concilio Vaticano II ha sido analizado por expertos en teología dogmática, liturgia, cánones, cuyos trabajos siguen al alcance de todo aquel que se quiera tomar la molestia de buscarlos y leerlos y de cuyo contenido nuestra revista, y otras publicaciones de la Hermandad de San Pío X, han dado cumplida información. En estos trabajos aparece con claridad meridiana el problema doctrinal suscitado por los documentos conciliares y la doctrina intangible de la Tradición. En el número que el lector tiene en sus manos podrá conocer los trabajos ofrecidos por diversos autores para diseccionar y clarifcar las nuevas doctrinas frente a la doctrina perenne de la Tradición. ¿Quién osará, con atrevimiento suicida, oponerse a los documentos pastorales del Concilio Vaticano II cuando los grandes nombres que han jalonado su discurrir histórico han sido elevados al honor de los altares? ¿Quién podrá pretender exponerse a las condenas de la jerarquía actual presentando Dubia u otros trabajos similares para rebatir las obscuridades doctrinales del Vaticano II?

              Es tanto el sufrimiento, el dolor, el esfuerzo por defender la verdad que ha supuesto el combate en pro de la Tradición que a estas alturas podemos decir que nuestra fuerza y sostén en estos tiempos es sólo el gozo por mantenernos feles a Nuestro Señor Jesucristo y a la incolumidad de su Iglesia. Bienaventurados hay en el santoral católico que ofrecieron su vida, hasta el derramamiento de su sangre, por la doctrina intangible y salvadora. Antes morir que herir con lanzada de herejía o infdelidad a la doctrina perenne de la Esposa de Cristo. Para ello contamos con la ayuda inefable de los santos de la corte celestial, elevados a los altares no para justifcar actitudes controvertidas de interesados jerarcas, sino para socorro de la Iglesia militante y alabanza de Dios, Uno y Trino. En esta hora difícil, amarga, mas sin desfallecer en la esperanza, omnes sancti et sanctae Dei intercedite pro nobis.