Utilidad de las tentaciones

Marzo 15, 2019
Origen: District of Spain and Portugal

El Miércoles de Ceniza se da comienzo, con la ceremonia de la imposición de las cenizas, al sagrado tiempo de Cuaresma. Este tiempo representa la vida del cristiano sobre la tierra, vida que reviste el aspecto de una guerra constante contra enemigos tenaces que buscan nuestra perdición eterna. Cierto es que, así como la Cuaresma nos encamina hacia la gloria de la luminosa mañana de Pascua, del mismo modo los sufrimientos y luchas de esta vida, cristianamente aceptados, nos encaminan hacia la posesión eterna de la bienaventuranza. Pero, mientras tanto, debemos luchar, sufrir. Cuaresma es, pues, un tiempo de renuncia y de dolor; es un tiempo de tentaciones por parte de Satanás, del mundo y de la carne.

La tentación, la prueba, es la condición constante del hombre que quiere ganarse el cielo. Cristo mismo, nuestra Cabeza, nuestro Modelo, quiso ser tentado, para enseñarnos:

1º Que seremos tentados.

2º Por dónde seremos tentados.

3º Qué armas hemos de usar para vencer a la tentación.

Durante toda nuestra vida seremos tentados

Del ejemplo de Nuestro Señor, que en calidad de Cabeza nuestra, quiere soportar la tentación del demonio, deducimos, en primer lugar, que también nosotros seremos continuamente tentados. Y podemos entonces preguntarnos: ¿Por qué Dios permite que el demonio nos tiente? Dicho de otro modo, ¿qué ventajas sacamos de la tentación?

En la vida de Santa Catalina de Siena se lee que una vez se vio envuelta en un combate espiritual muy prolongado y horrible. Representaciones torpes, provocadas por el demonio, desfilaban una tras otra por su imaginación. Y cuanto más las desechaba, más fuertemente arremetían. Le parecía que un agua sucia la envolvía y que estaba enteramente sumergida en ella; sólo su voluntad, que no consentía, se mantenía a flote. La prueba duró varios días, al fin de los cuales se le apareció el Señor.

— ¡Oh, Señor! ¿Dónde estabas cuando yo me veía invadida por las tinieblas de la impureza?

— Hija mía, estaba en tu corazón.

— Pero Señor, ¿cómo podías residir en él, si las sugestiones perversas lo envolvían por todas partes?

— ¿Experimentabas acaso alguna complacencia en ellas?

— No, Señor, sino horror y amargura; conocimiento de mi miseria; esfuerzos sobrehumanos para no dejarme arrastrar; deseos más encendidos de amarte por toda la eternidad.

— Ten bien entendido que era Yo quien infundía en tu corazón ese horror y amargura; Yo comunicaba a tu voluntad la energía para que resistieras valientemente; Yo purificaba tu amor para hacerte digna de un premio eterno, grande y admirable.

Dos cosas nos enseña este episodio:

La primera, que en sí mismas las tentaciones no son pecado. Tentación, propiamente hablando, es toda solicitación al mal. Podemos distinguir en ella tres elementos:

• La sugestión, o idea del mal sugerida por el enemigo, generalmente atractiva, acomodada a los gustos y a las tendencias de nuestra naturaleza.

• La delectación, o placer que el hombre resiente al punto en la parte viciada de su ser.

• Y el consentimiento de la voluntad, por el cual el alma cede a la tentación y acepta el pecado propuesto.

Sólo una delectación querida, o el consentimiento de la voluntad, constituyen pecado; mas no la sola idea del mal que el enemigo nos sugiere, ni la delectación involuntaria que puede provocar en nuestra parte sensible.

 

La segunda, que las tentaciones son sumamente útiles. Si Dios las permite, es porque es poderoso para sacar de ellas grandes bienes para nuestras almas.

En lugar de suprimirlas, Nuestro Señor ha preferido transformar las tentaciones en medios:

• De hacernos conocer y sentir nuestra debilidad, y adquirir así la ciencia fundamental de la humildad, de la desconfianza de nosotros mismos, y de la oración pronta y confiada. Tenemos ejemplos de ello en San Pedro y en San Pablo (2 Cor. 12 7-10).

• De despertarnos de nuestra indolencia natural y de nuestra pereza espiritual: «Las grandes tentaciones tienen como efecto ordinario hacernos salir de nuestro sopor y volvernos más fervorosos», decía San Juan Crisóstomo. Y Santa Teresita decía también: «He realizado más actos de fe de un año a esta parte, que en todo el resto de mi vida», aludiendo a las fuertes tentaciones que padecía contra la fe hacia el final de su vida.

• De fortificar nuestra voluntad y forjar nuestra virtud en la lucha cotidiana. «Porque eras agradable a Dios, fue necesario que la tentación te probase», dijo el ángel Rafael a Tobías. «Hijo mío, si quieres entrar al servicio de Dios, prepara tu alma para la tentación», nos aconseja el libro de la Sabiduría, añadiendo: «El varón justo es probado por la tentación, como el oro fino es probado en el crisol».

• De acrecentar nuestros méritos y merecer la gloria eterna: «Bienaventurado el varón que soporta la tentación, porque una vez probado recibirá la corona de vida que Dios tiene prometida a los que le aman» (Sant. 1 12).

Por dónde seremos tentados

Del ejemplo de Nuestro Señor deducimos también por dónde seremos tentados. En efecto, el demonio, para tentarnos, ya sea directamente por sí mismo, ya sea indirectamente a través del mundo, ha de adaptarse a nuestra naturaleza; o, mejor dicho, a la triple inclinación desordenada y pecaminosa que nuestra naturaleza conservó después del pecado original, aún después de haber sido regenerada por el bautismo. Esta triple concupiscencia nos empuja a buscar nuestro fin y nuestra felicidad fuera de Dios y contra la voluntad de Dios, en una triple clase de bienes:

• Ya sea en los bienes deleitables, esto es, en los placeres de los sentidos y de la carne: es la concupiscencia de la carne: «Si eres el Hijo de Dios, di a estas piedras que se conviertan en panes».

• Ya sea en los bienes honestos, esto es, en los bienes de orden espiritual, que después del pecado se reducen a las satisfacciones del orgullo y de la voluntad propia: es la concupiscencia del espíritu, o soberbia de la vida: «Si eres el Hijo de Dios, échate de aquí abajo».

• Ya sea en los bienes útiles o de fortuna: es la concupiscencia de los ojos: «Todo esto te daré si, postrándote ante mí, me adoras».

Qué armas hemos de usar para vencer a la tentación

Contra esta triple concupiscencia, el ejemplo de Nuestro Señor y la práctica constante de la Iglesia nos proponen un triple remedio, una triple penitencia (que es a la vez una triple vigilancia: al mismo tiempo que nos permite expiar las faltas en que ya hemos incurrido en el pasado, nos hace también evitar la tentación futura):

• Contra la concupiscencia de la carne, tenemos el ayuno. Por ayuno entendemos toda obra de mortificación orientada a reprimir la carne, para que obedezca al espíritu. Nuestro Señor ayunó y se entregó a austeridades durante cuarenta días.

• Contra la concupiscencia del espíritu, tenemos la oración. Por oración entendemos toda elevación del alma a Dios, todo recurso confiado a Él. Nuestro Señor oró con especial intensidad durante su Cuaresma, para enseñarnos que en la oración encontraremos el secreto de la fortaleza contra las tentaciones del diablo.

• Contra la concupiscencia de los ojos, tenemos la limosna. Por limosna entendemos toda obra de misericordia, destinada a practicar una caridad benevolente para con el prójimo, y a hacernos salir de nuestro natural egoísmo, por el cuidado en preocuparnos por los demás.

Conclusión

Vayamos, pues, con Cristo al desierto de la santa Cuaresma, para ayunar allí durante cuarenta días y para entablar combate con el tentador, si Dios le ordena que nos pruebe. Aunque no podamos ayunar, orar y mortificarnos como lo hizo Jesús, hagamos al menos lo que podamos. Como nos lo aconseja la epístola del primer domingo de Cuaresma:

«Portémonos en todo como verdaderos ministros de Dios: en mucha paciencia, en las tribulaciones, en las necesidades, en las angustias; en trabajos, vigilias y ayunos; en castidad, en ciencia, en longanimidad, en caridad no fingida, en amabilidad; en la gloria y en la ignominia, en la buena y en la mala fama»; sin impaciencias, sin lamentos, sin mal humor, sin fastidio. En una palabra: llevando una vida de continuo sacrificio por amor de Dios y de Cristo.

El tono fundamental que ha de dominar en nuestra vida, durante la santa Cuaresma, debe ser el de una total confianza en el Señor, que ayuna, lucha y vence en nosotros y con nosotros. El, que venció a Satanás y sus tentaciones, luchará y vencerá también en nosotros. Es lo que quiere inculcarnos el tracto del primer domingo de Cuaresma, con palabras del Salmo 90:

«Dios mío, tú eres mi refugio y mi fortaleza: en ti confío.

El me ha librado del lazo de los cazadores (del tentador).

El te hará sombra con sus espaldas, y te cobijará bajo sus alas.

Porque el Señor enviará a sus ángeles para que te guarden en todos tus caminos.

Te llevarán en sus brazos, para que no tropiece tu pie con piedra alguna.

Porque confió en mí, le libraré; le protegeré, porque conoció mi nombre.

Me invocará, y Yo le oiré: estaré a su lado en la tribulación.

Le salvaré y le glorificaré;

le saciaré con una larga vida, y le mostraré mi salvación».