Tiempo de Pasión

Abril 09, 2019
Origen: District of Spain and Portugal

La Iglesia consagra a la consideración de los dolores del Redentor las dos semanas que nos separan de la Pascua. No quiere que sus hijos se presenten en el día de la Inmolación del divino Cordero sin haber preparado sus almas con la medita­ción en los dolores que Él sufrió en nuestro lugar.

Misterio del Tiempo de Pasión

“Si, pues, oís hoy la voz del Señor no endurezcáis vuestros corazones”. ¿Qué más propio hoy para movernos que este aviso, tomado de David, que la Iglesia nos dirige y que repetirá en todos los maitines hasta el día de la Cena del Señor? Pecadores, nos dice, este día en que se deja oír la voz lastimera del Redentor, no seáis enemigos de vosotros mismos, dejando vuestros corazones endurecidos. El Hijo de Dios os da la última y la más viva muestra del amor por el cual descendió del cielo; su muerte está cercana; ya se prepara el madero en el que será inmolado el nuevo Isaac; entrad en vosotros mismos y no permitáis que vuestro corazón conmovido, tal vez, un momento, vuelva a su dureza ordinaria. Habría en ello el mayor de los peligros. Estos aniversarios tienen la virtud de renovar a las almas cuya fidelidad coopera a la gracia que les ha sido ofrecida; pero también acrecienta la insensibilidad en aquellos que los pasan sin arrepentirse. “Si, pues, oís hoy la voz del Señor no endurezcáis vuestros corazones”.

En espera de esta hora, la Iglesia manifiesta sus dolorosos presentimientos cubriendo la imagen del divino Crucificado. La Cruz misma ha dejado de ser visible a las miradas de los fieles; está tapada por un velo. Las imágenes de los santos no están visibles; es justo que el siervo se oculte cuando la gloria del Señor se eclipsa. Los intérpretes de la Liturgia nos enseñan que esta costumbre austera de velar la cruz en el tiempo de Pasión expresa la humillación del Redentor, obligado a ocultarse para no ser apedreado por los Judíos, como leeremos en el Evangelio del Domingo de Pasión.

La Sinagoga corre a la maldición. Obstinada en su error, no quiere escuchar, ni ver nada; ha torcido su juicio a su gusto; ha apagado en sí misma la luz del Espíritu Santo y vamos a verla descender por todos los grados de la aberración hasta el abismo. Triste espectáculo que se encuentra todavía, con mucha frecuencia en nuestros días, en los pecadores que por resistir a la luz de Dios, acaban por encontrar reposo en las tinieblas. No nos extrañemos de encontrar en otros hombres la conducta que observamos en los actores del drama que se va a cumplir. La historia de la Pasión nos proporcionará más de una lección sobre los secretos del corazón del hombre y sus pasiones. No puede ser de otra manera; pues lo que ocurre en Jerusalén se renueva en el corazón del pecador. Este corazón es un Calvario, sobre el que, según el Apóstol, Jesucristo es sacrificado con frecuencia. La misma ingratitud, la misma ceguera, el mismo furor; con la diferencia de que el pecador, cuando es iluminado por la fe, conoce a quien crucifica, mientras que los judíos, como dice San Pablo, no conocían, como nosotros, al Rey de la gloria a quien clavamos en la Cruz. Los relatos evangélicos, que de día en día van a ponerse ante nuestros ojos, deben indicarnos que nuestra indignación contra los judíos debe tornarse también contra nosotros y nuestros pecados. Lloremos los dolores de nuestra Víctima a la que nuestros pecados han obligado a soportar tal sacrificio.

Práctica del Tiempo de Pasión

Meditación de la Pasión, Conversión y Penitencia

Preparémonos a estas fuertes impresiones desconocidas por la piedad superficial de nuestros tiempos. Recordemos el amor y benignidad del Hijo de Dios que viene a confiarse a los hombres, viviendo su misma vida, “pasando por esta tierra haciendo el bien”, y veamos cómo acaba esta vida con el más infame de los suplicios. Por una parte, contemplemos al pueblo perverso de los pecadores, que, falto de crímenes, imputa al Redentor sus beneficios y consuma la más negra de las ingratitudes, derramando Sangre inocente y divina; y por otra, contemplemos al Justo, presa de todas las amarguras, con “su alma triste hasta la muerte”, cargado con el peso de la maldición y bebiendo hasta las heces el cáliz que, a pesar de su humilde queja, debió de beber. Esto es lo que recuerda la Iglesia con tanta frecuencia en estos días; esto es lo que propone a nuestra conside­ración; porque sabe que si llegamos a comprender todos lo que esta escena significa, se romperán los lazos que nos atan al pecado y nos será ya imposible permanecer por más tiempo como cómplices de estos crímenes atroces.

La Iglesia comenzó la conversión del pecador, ahora quiere consumarla. Lo que ofrece a nuestra consideración, no es ya Cristo ayunando y orando; es la Víctima que se inmola por la salvación del mundo. Dentro de pocos días el Hijo de Dios va a ser entregado al poder de los pecadores y ellos le matarán. La Iglesia no necesita exhortar a sus hijos a la penitencia; demasiado saben ya que el pecado exige esta expiación.

Fidelidad y Amor a Cristo

No es precisamente lágrimas y compasión estériles lo que pide de nosotros nuestra Madre; quiere que nos aprovechemos de las enseñanzas que nos van a proporcionar los sucesos de esta Semana Santa. Pero ¿qué hemos de hacer por el Cordero, que nos ha entregado su Sangre y se ha abrazado con tanto amor a la Cruz para librarnos? ¿No es justo que sigamos sus pasos y que, más fieles que los Apóstoles en su Pasión, le sigamos día por día, de hora en hora en la vía dolorosa?

Debemos amar a Dios, nos dice San Juan, “puesto que Él nos amó primero”. Estas son las miras de la Iglesia en estos solemnes aniversarios. Después de abatir nuestro orgullo y resistencia por el espectáculo de la justicia divina, estimula nuestro corazón a amar al que se entregó, en nuestro lugar, a los golpes de la justicia divina. ¡Desgraciados de nosotros si no volvemos nuestras almas hacia Aquel que tenía justas causas para odiarnos, pero que nos amó más que a sí mismo! Debemos fidelidad al que fue nuestra Víctima y que hasta el último momento, en vez de maldecirnos, no cesó de pedir misericordia para nosotros. Un día aparecerá sobre las nubes del cielo “y los hombres, dice el profeta, verán al que traspasaron”. ¡Ojala seamos nosotros de aquellos a quienes la vista de las divinas llagas les inspirará confianza, ya que han reparado con amor el crimen infligido al Cordero divino!

Temor y horror del pecado

La Iglesia sabe lo duro que es el corazón del hombre y la necesidad que tiene del temor para determinarse a la enmienda; por esta razón no omite ninguna de las imprecaciones que los Profetas ponen en la boca del Mesías contra sus enemigos. Tienen por fin enseñarnos lo que el cristiano debe temer de sí mismo si persiste en “crucificar de nuevo a Jesucristo”. ¿Qué suplicio tendrá el que haya pisoteado al Hijo de Dios, el que haya tenido por vil la Sangre de la alianza por la cual fue santificado, el que haya ultrajado al Espíritu de gracia? Porque sabemos que ha dicho: “A mi me pertenece la venganza y sabré ejercitarla”. Las consideraciones sobre la justicia para con la más inocente y la más augusta de todas las Víctimas; y sobre el castigo de los judíos impenitentes acabarán de destruir en nosotros el afecto al pecado, desarrollando este temor tan saludable sobre el cual vendrán a apoyarse una esperanza firme y un amor sincero, como sobre base inquebrantable.

Respeto y Confianza para con la Sangre Divina

Si por nuestros pecados somos los autores de la muerte del Hijo de Dios, también es cierto que la Sangre que brota de sus llagas tiene la virtud de lavarnos de este crimen. La justicia del Padre no se satisface más que con la efusión de esta Sangre Divina y la misericordia del mismo Padre quiere que se emplee en nuestro rescate. Acerquémonos con confianza y glorifiquemos esta Sangre libertadora que abre al pecador la puerta del cielo y cuyo valor infinito sería suficiente para rescatar millones de mundos más culpables que el nuestro. Vengamos pues “a beber a las fuentes del Salvador”; nuestras almas saldrán de allí llenas de vida, purísimas, completamente esplendorosas, ya no quedará en ella la menor señal de sus antiguas manchas y el Padre nos amará con el mismo amor con que ama a su Hijo.

Esperemos de la misericordia de Dios que estos santos días produzcan en nosotros este cambio maravilloso que nos permita, cuando llegue la hora del juicio, permanecer tranquilos a la mirada del que vamos a ver pisoteado por los pecadores. La muerte del Redentor revoluciona toda la naturaleza: el sol se oscurece al mediodía, tiembla la tierra y las rocas se parten; que nuestros corazones se conmuevan también y que pasen de la indiferencia al temor, del temor a la esperanza, de la esperanza al amor, de modo que, después de descender con nuestro Salvador al fondo de los abismos de las tristezas, merezcamos remontarnos con Él hasta la luz, rodeados de los resplandores de su Resurrección y llevando en nosotros la prenda de una vida nueva que no dejaremos apagar ya más.

Adoración de la Cruz

La Iglesia nos recomienda venerar, además de la Sangre del Cordero que borra nuestros pecados, la Cruz que es el altar en que se inmola la Víctima. El Señor había dicho en la Antigua Alianza: “maldito el que sea colgado en la Cruz”. El Cordero que nos salva se ha dignado arrostrar esta maldición; pero, por eso mismo, ¡cómo hemos de amar este leño, en otro tiempo infame! He aquí convertido en instrumento de nuestra salvación, el testimonio del amor de Jesús por nosotros. Por esto, la Iglesia le rinde en nuestro nombre los más sinceros honores y nosotros debemos juntar nuestra adoración a la suya. El agradecimiento a esa Sangre que nos ha rescatado y una tierna veneración hacia la Santa Cruz serán los sentimientos que llenarán particularmente nuestro corazón durante estos quince días.