Los últimos 17 días de Monseñor Lefebvre

Marzo 25, 2020
Origen: Distrito de México

Entrevista a Jo Grenon, Director del Hospital de Martigny, quien con gran entrega se ocupó de Monseñor Lefebvre durante su hospitalización. El Sr. Grenon nos recibió con gran amabilidad para contarnos los últimos días del fundador de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X.

Sábado 9 de marzo, Monseñor Lefebvre entra al hospital de Martigny.  Usted fue una de las primeras personas que tuvo contacto con él.  ¿Cómo lo encontró/vio?

En cama, ¡sonriendo y confiado!  Monseñor estaba en urgencias.  Después, lo instalamos en la habitación 213, un cuarto privado situado en el segundo piso.  En esa pieza, Monseñor podía ver sobre la Forclaz, es decir, Francia, y sobre el pico del Gran San Bernardo, Italia, Roma…

¿Cuáles fueron los exámenes que le fueron practicados a Monseñor durante los primeros días?

Durante toda la primera semana, Monseñor fue alimentado por perfusión, con antibióticos.  Aparte de los análisis de rutina, fue sometido a numerosos exámenes, algunos de los cuales son muy dolorosos.  Aun cuando los médicos habían ya diagnosticado el mal, juzgaron prudente el hacerle a Monseñor un escáner.  También tuvimos que conducir a Monseñor al Hospital de Monthey.  Le pregunté si no prefería llegar en automóvil, en vez de ambulancia, atado a una camilla.  Aunque yo insistí sobre la solución del automóvil, Monseñor prefirió la ambulancia.  El jueves por la tarde hice que le llevaran una comida.  Sufría por no poder comer normalmente.

¿Sufrió mucho Monseñor?

¡Sí!  Desde su llegada, me dijo que estaba padeciendo un martirio.  Luego los dolores se fueron atenuando bajo el efecto de los medicamentos.

¿Cuál fue el contacto entre Monseñor y las enfermeras que lo cuidaban?

Las enfermeras siempre lo encontraron muy amable, muy dulce, pero también excepcionalmente discreto.  Jamás utilizó el timbre de servicio. No quería molestarlas.

¿Cómo estaba Monseñor durante esa primera semana?

Durante esa semana repitió varias veces: “Soy un hombre viejo”.  Estaba un poco inquieto por una posible operación.  Pero estaba, al mismo tiempo, resignado y confiado. Pienso que probablemente nunca supo la amplitud exacta de su mal.

¿Y espiritualmente?

El lunes 12 de marzo, pidió recibir la Extremaunción.  Al día siguiente, me explicó: “Pedí la Extremaunción, ¡es muy importante!  Mi hermana se fue sin este sacramento”. En varias ocasiones me dijo: “Ya terminé mi trabajo, no puedo más.  Estoy agotado, ahora no me queda más que rezar y sufrir”.

¿Habló de la Fraternidad, de su porvenir?

Una larga charla con Monseñor a mitad de la primera semana me permitió escucharlo hablar sobre su satisfacción por la obra cumplida.  “La Fraternidad está en buenas manos y enriquecida con cuatro obispos llenos de celo”, me dijo.  Y le maravillaba el hecho de que Monseñor Fellay hablara cinco idiomas “como yo hablo (sólo) francés, ¿se da cuenta?”.  Me habló también de los directores y profesores de los seminarios “entregados/consagrados y en buen lugar”.  Monseñor estaba perfectamente sereno y aparentemente muy contento por el futuro.

Usted me habló del respeto que imponía a los médicos…

Sí, sí.  Un médico incluso me contó haberse sentido subyugado por Monseñor. “Cuando uno cruza su mirada con él, encuentra la bondad divina”, me dijo.

¿Cómo se desarrolló la operación del lunes 8 de marzo?

A las 9 de la mañana, Monseñor fue conducido al quirófano. La operación duró de las 9:30 a las 12:30 hrs. Después lo llevaron a la sala de cuidados intensivos. Monseñor tuvo un despertar difícil y sufrimientos intensos durante los tres días que siguieron a la operación. Después todo fue mejor, lo levantábamos un poco pero el corazón permaneció fatigado.

¿Los médicos dieron a Monseñor medicamentos para calmar el dolor?

¡Por supuesto!  Monseñor estuvo bajo supervisión médica en todo momento. Gracias al moderno equipo con el que está equipado el hospital, seguimos con exactitud los progresos del dolor. Fue así que pudimos dar a Monseñor con mucha precisión la medicina adecuada para aliviar sus dolores.

Llegamos al final de la última semana

Viernes, me pide darle su cadenilla –esa pobre cadenilla, con simples medallas, es para mí uno de los recuerdos más emocionantes de los últimos días de Monseñor– su reloj y su aparato auditivo: una prueba del bienestar del enfermo. Sábado, pensamos en regresarlo a su habitación el domingo.  “Pero las enfermeras quieren dejarme aquí”, me dijo bromeando el domingo, la esperanza hizo rápidamente lugar a la inquietud. Monseñor tuvo fiebre. El médico cardiólogo le hizo una ecocardiografía y decidió dejar a Monseñor en cuidados intensivos.  El domingo por la tarde, Monseñor empieza a hablar mucho. Pero, a través de la máscara de oxígeno, es difícil entenderle. Percibo, sin embargo, “Todos somos sus hijitos”.  ¿Tenía ya la visión del cielo? En todo caso, él hablaba del Buen Dios.  Cuando lo dejé, me sonrió por última vez y me extendió la mano en señal de adiós… El domingo por la tarde, recibo una llamada telefónica de la enfermera responsable.  Estamos tratando de reanimar a Monseñor pero no va muy bien. Decido alertar al Padre Laroche. Luego la enfermera responsable me llama para decirme que el ritmo cardíaco ha regresado a la normalidad.  A las 3:30 hrs., una última llamada para informarme del deceso de Monseñor.

Usted fue de las primeras personas que vieron muerto a Monseñor.  ¿Cómo lo encontró?

Fui inmediatamente a cuidados intensivos.  Encontré el cuerpo inanimado de Monseñor.  Fui terriblemente golpeado por el parecido entre el cuerpo de Monseñor y los cuadros representando a Jesús descendido de la Cruz.  Monseñor tenía sólo una sábana que le cubría la cadera.  Sus manos y sus brazos presentaban las huellas de los largos sufrimientos.  Sus piernas estaban muy lastimadas, y desde hacía varios años años le causaban sufrimientos intensos.  Pienso, muy a menudo, en esa última imagen de Monseñor, ahí, tendido sobre su cama en cuidados intensivos, como Cristo bajado de la Cruz…

Entrevista realizada por Eric Bertinat, para Controversias