Las escuelas, una necesidad

Enero 17, 2019
Origen: District of Spain and Portugal

Hoy en día es capital obrar en favor de las escuelas verdaderamente católicas,
pues la educación de la infancia y de la juventud es un problema grave.
Pero no hay mejor forma de sostener una escuela, que inscribir en ella a sus hijos e hijas.

Es una monstruosa utopía pretender obtener verdaderos católicos mientras la mayoría de los niños y jóvenes reciben una educación sin Dios en las escuelas estatales, o una educación falseada sobre Él en la mayoría de las escuelas que se dicen católicas.


¿Qué se puede esperar de generaciones sucesivas educadas por maestros de una escuela establecida para hacer perder la fe?


¿Cómo pretender que la sociedad vuelva a ser verdaderamente cristiana, con fieles que ya no tienen más el espíritu cristiano, aún cuando todavía les queden algunos conocimientos religiosos y unas pocas prácticas más o menos rutinarias?


Las reglas del Derecho Canónico, al cual todo bautizado católico está sometido, afirman que los padres no solamente tienen el derecho, sino que también tienen el deber de procurarles a sus hijos una educación católica.


Dichas reglas prohiben que los niños frecuenten escuelas no católicas, y hoy se podría agregar, además, a las escuelas que se dicen católicas pero que ya no tienen nada de católicas, pues tales escuelas ordinariamente crean un peligro próximo de perversión por los alumnos que las frecuentan.


Hay que estar ciego para no darse cuenta de que, actualmente, la inmensa mayoría de los jóvenes ha perdido la fe, ha perdido todo sentido cristiano, y hasta moral.
¿De quién es la culpa? De la escuela, sí, pero también, en parte, de los padres de familia.


Los padres se extrañan al ver los resultados actuales (pornografía, droga, SIDA, suicidios), pero fácil era preverlos. Tal situación es el resultado del laicismo reinante, del ecumenismo y de la apostasía de los católicos.


Ante esto, la Fraternidad San Pío X quiere reaccionar abriendo escuelas para ustedes y favoreciendo la instalación de congregaciones de enseñanza tales como las Dominicas, para que un día no puedan decir, al ver a uno de sus hijos o hijas ahogarse en tal o cual plaga: “¡Ah, si lo hubiera sabido!” Pero entonces ya será demasiado tarde.


Por esto es que quisiéramos impulsar esta obra de las escuelas católicas. El remedio a nuestros males está en el reconocimiento de los derechos de Dios y de la Iglesia, en la vuelta hacia Jesucristo.


En el plano de la educación, si realmente tienen esta preocupación, las familias cristianas pueden actuar desde ahora. Digo esto porque, desgraciadamente, hay familias que no tienen tales inquietudes.
Muchas familias piensan que la escuela está hecha para enseñar las ciencias humanas, creen que únicamente los profesores tienen a su cargo la preparación de sus hijos para los exámenes por los cuales obtienen títulos y diplomas necesarios para el futuro. A veces, hasta piensan que pueden cumplir con su deber enviando a sus mismos hijos al curso de catecismo sin preocuparse por saber qué catecismo les están enseñando.


Con tales ideas, y en la medida en que puedan elegir, enviarán a sus hijos a la escuela que ostente el mejor porcentaje de éxito en los exámenes finales, o a la escuela más cercana a su domicilio, o, simplemente, a cualquier escuela.
Esas familias, ¿pueden pretenderse cristianas, si eligen una escuela sin ninguna referencia a los motivos sobrenaturales, a las leyes de la Iglesia y a la salvación eterna del alma de sus hijos, y a su propia salvación? Demasiados padres de familia lo olvidan. ¿Tienen verdaderamente preocupación por sus hijos? Algunos dirán: “Es una doctrina muy dura, muy severa”. ¡No! San Juan Crisóstomo les contesta: «Si les informamos que la peste está en la ciudad donde residen sus hijos, no encontrarán palabras para agradecernos. Y cuando una peste mil veces más espantosa penetra en todo lugar, se tilda a mis consejos de indiscretos... Viendo a sus hijos en una casa donde la religión se considera como nada, es un pensamiento que me hace temblar, ¡y es el crimen de tantos padres!»


Hay familias que tranquilizan su conciencia demasiado fácilmente con su buena intención y hasta con sus esfuerzos por “compensar en su propia casa” las deficiencias de la escuela.
¡Es un señuelo! Tal compensación podrá ser recibida una o dos horas por día, mientras que en la escuela reciben una contra-educación de seis o siete horas diarias. ¿Y por qué los niños habrían de preferir la educación de sus padres antes que la contra-educación de sus profesores?


Pero hay padres que se preocupan, que no quieren contentarse con quejas o lamentaciones ante las deficiencias del sistema educativo actual, y ante las consecuencias que origina en el espíritu de los jóvenes, en el plano de la fe y aún en el plano estrictamente humano.
Entonces, buscan la escuela que a su criterio sea la mejor, o más bien, la menos mala, y se proponen corregir ellos mismos –en familia– los defectos de la escuela a la que asisten sus hijos.
Por lo tanto, están aceptando que en la escuela sus hijos reciban el veneno del modernismo, del liberalismo, del laicismo, y se tranquilizan sin razón por el antídoto que les suministran en su casa.


Esperemos que entre los católicos verdaderos, entre los tradicionalistas, no sea un número pequeño el que dé el paso de elegir una escuela verdadera y francamente católica.
Esperemos que sepan darle al problema de la educación toda la importancia que se le debe dar, y que tengan conciencia de su responsabilidad en ese campo.
Sin duda, hay circunstancias; a veces, circunstancias personales, familiares, económicas, que pueden hacerle imposible a ciertas familias la elección de una escuela verdaderamente católica como aquella que empieza a nacer en España.


Pero también muchas familias no se decidirán a hacer esta elección por razones que no son del todo loables. Citemos algunas:


- Un amor exagerado al confort. Habrá que consagrar una parte del ingreso familiar para pagar la escolaridad de los hijos, mientras una parte de ese mismo ingreso recae en gastos superfluos, que los padres cristianos deberían reducir cuando el futuro cristiano de éstos está en juego.
También existe una desordenada afección por los hijos. ¿Cuántas familias quizás pretenden que no pueden separarse por un tiempo de sus hijos? Tal vez exista allí un cierto egoísmo, pues el verdadero afecto es el que quiere el bien para los hijos, y los verdaderos padres cristianos deben querer el bien espiritual y eterno de sus hijos, más que el suyo propio.


- Inciden también los chismes, o las calumnias que podrán surgir, o los falsos juicios que circularán sobre la disciplina y la severidad.


Las familias, por supuesto, quieren que sus hijos sean bien educados, respetuosos, obedientes y corteses, pero al mismo tiempo, muchas veces se las encuentra listas para criticar los métodos que les han procurado justamente esa buena educación que tienen.
Quisieran que las escuelas toleren una cierta libertad, un cierto “dejar estar”, y comportamientos que antaño no se permitían en los alumnos. ¿Los padres de familia se dan cuenta realmente de que un niño que mira frecuentemente la televisión no puede estar bien educado?


Nuevamente lo repito: cuidado con la falsa confianza que tienen algunos padres de familia en sus esfuerzos por compensar, y cuidado también con una falsa confianza en Dios a ese respecto.
Falsa confianza en sus esfuerzos, pues si bien el antídoto que se administra a tiempo puede evitar el envenenamiento, ¿cuántos padres están realmente seguros de que su influencia será suficientemente fuerte y eficaz como para salvaguardar la fe y el espíritu cristiano de sus hijos?


Cuántos chicos o chicas hay que, cuando llegan a los doce o a los catorce años, dan la impresión de que tienen su perseverancia asegurada, y luego, a los diecisiete o dieciocho años sucede que perdieron la fe y abandonaron toda práctica religiosa, o bien que siguen practicando, pero a regañadientes. ¡Sería fatal que así pasara!


Falsa confianza en Dios, también. La gracia de Dios, es verdad, es poderosa, y Dios escucha nuestras oraciones. Pero, por nuestro lado, debemos poner los medios razonables para obtener lo que le pedimos a Dios.


Muchas familias quizás se tranquilizan porque los padres y los hijos rezan juntos el Rosario; pero creer que con eso solo se pondrá remedio al envenenamiento de su alma por culpa del ambiente escolar, es pedirle a Dios que haga un milagro. Pero un cristiano no tiene el derecho de pedirle a Dios un milagro mientras que por su parte no haya hecho todo lo que podía o debía hacer.


Que estos elementos de reflexión les permitan, en lo sucesivo, reconsiderar el futuro escolar de sus hijos e hijas.

 

Por el P. Xavier Beauvais (FSSPX)