La Pasión de la Iglesia

Abril 13, 2019
Origen: District of Spain and Portugal

Uno de los grandes principios de la teología de la historia es que la Iglesia, cuerpo místico de Cristo, ha de reproducir los mismos misterios que su divina Cabeza. A la luz de este principio, toda la vida de la Iglesia se vuelve luminosa, especialmente en los tiempos tan calamitosos en que nos toca vivir hoy, y en que podríamos sentirnos llevados al abatimiento o desaliento.
Expongamos, pues, detenidamente esta verdad, invitados a ello por el tiempo litúrgico de la Pasión.

La Iglesia debe vivir los misterios de Cristo, como Cuerpo místico suyo.


La Iglesia es la Asociada indisoluble de Cristo en la obra redentora, la Nueva Eva del Nuevo Adán. Por esto mismo, ha de estarle en cierto modo proporcionada,
debe ser «una Ayuda semejante a El»; y Cristo, por su parte, debe reconocerla como «carne de su carne y hueso de sus huesos». Eso, sin contar que Ella es el Cuerpo místico de Cristo, que recibe de El la vida divina. En virtud de todo ello, la Iglesia se identifica y compenetra con su divina Cabeza. Observemos si no, detenidamente, la historia de la Iglesia.

Al igual que Cristo, también la Iglesia nació en Pentecostés del Espíritu Santo y de María Virgen: así como el Espíritu Santo bajó sobre la Virgen María en la Anunciación para concebir de Ella al Hijo de Dios encarnado, del mismo modo bajó sobre Ella en Pentecostés para concebir de Ella al Cuerpo místico de su Jesús, pues no puede una Madre concebir a la Cabeza sin los miembros.

Al igual que Cristo, la Iglesia, apenas nacida, se vio perseguida por Herodes, esto es, por el poder temporal de los reyes: sobre ella se desató durante tres siglos consecutivos la persecución por parte de los emperadores romanos, comenzando por la persecución desencadenada con la muerte de San Esteban Protomártir.

Luego de esta persecución, comenzó para la Iglesia, como para Cristo en Nazaret, un tiempo largo de relativa calma, en el que la Iglesia vio cómo las naciones paganas se convertían a ella y se hacían cristianas, cómo aumentaba el número de confesores, vírgenes, misioneros, Santos Padres y doctores, y el mundo se despertaba católico.

Cristo, apenas empezó a predicar, se vio impugnado por los escribas y fariseos; del mismo modo, vino también para la Iglesia el momento de experimentar
las grandes impugnaciones de la doctrina que Ella enseñaba, y que arrancaron de su seno varias naciones hasta entonces católicas: fue el tiempo de la Reforma Protestante, que se siguió después de toda una gran serie de movimientos adversos a la Iglesia Romana, y que culminaron en su condenación a muerte en la Revolución francesa: la Iglesia Católica debía morir.

La Iglesia, hoy particularmente, se ve asociada por Cristo a su Pasión.

A partir de ese momento, los católicos clarividentes se dieron cuenta de que comenzaba para la Iglesia un nuevo tiempo: el que debía conducirla a su pasión. Ya Dom Guéranger, seguido en eso por el Padre Emmanuel André, afirmaron en su tiempo (fines del siglo XIX) que la Iglesia Católica debería conocer, a medida que se acercase el fin de los tiempos, una grandísima prueba que sería como su Pasión. Y es que no podía ser de otro modo, por ser Ella el Cuerpo místico de Cristo, y tener que compartir, como tal, todos los estados y misterios de su divino Esposo.
Pues bien, esto es lo que nos toca vivir hoy. Estamos viendo cómo se desata ante nuestros ojos esta pasión de la Iglesia, incluso con detalles que nunca  podrían haberse imaginado tiempos atrás.
En efecto, en el Concilio Vaticano II asistimos al abandono de la Iglesia por parte de los suyos: al igual que Cristo, traicionado por uno, negado por otro, abandonado por todos los demás, la Iglesia sufrió una traición, negación y abandono por parte de los pastores, cual no la había conocido nunca.
A partir de ese momento, vimos cómo la Iglesia era llevada ante los tribunales humanos, juzgada por ellos, condenada. En el año 2000, asistimos consternados al «pedido de perdón» por parte de los hombres de Iglesia: como Cristo en su Pasión, la Iglesia era acusada de todo el bien que había hecho a las almas, y Ella misma se callaba ante estas acusaciones, ya que su divino Esposo le quitaba todo medio para defenderse públicamente: ni prensa, ni radio, ni televisión estaban en manos de sus hijos para poder vengar sus derechos.
Con Asís asistimos igualmente a la comparación de Cristo con Barrabás: la Esposa única de Cristo es sistemáticamente comparada con las religiones falsas, y no sólo eso, sino que estas le son preferidas: y es que las autoridades romanas, llevadas de su ecumenismo, descuidan a las verdaderas ovejas para preocuparse por los que están fuera del redil.

Ahí parecemos estar actualmente, y este estado de cosas nos pone en un estado de desorientación tal, que corremos el riesgo de desanimarnos si no  tenemos presente por qué Dios lo permite. Pero, al igual que Nuestro Señor Jesucristo se transfiguró ante sus apóstoles antes de su pasión, para prevenirlos contra el «escándalo de la cruz», podríamos decir también que, antes de permitir la pasión de su Iglesia, Nuestro Señor ha querido que Ella se transfigurase ante nuestros ojos, para que se mostrase claramente su divinidad. En efecto, la Iglesia mostró su condición divina a través de los siglos ganando para Cristo todas las naciones paganas, consagrando para Dios numerosísimas almas, ganándole Vírgenes, Mártires, Confesores, Doctores, Santos de toda índole. Y, al igual que a los Apóstoles, esta transfiguración de la Iglesia debe ayudarnos a no dudar de su divinidad ahora que, por secretos designios de Nuestro Señor Jesucristo, El la asocia íntimamente a su pasión.
Nos encontramos, por así decir, en el mismo estado de ánimo que los apóstoles, que no supieron, en el momento de la pasión de su querido Maestro, hasta dónde su divinidad, tan claramente contemplada en el Tabor, podía compaginarse con los sufrimientos y angustias de su pasión y muerte. «Pero… ¿no era Dios? –debían preguntarse azorados–: ¿Cómo puede entonces morir? Y, sin embargo, ahí está, muriéndose en una cruz…».
Lo mismo nos pasa a nosotros: sabemos que la Iglesia es divina, que las puertas del infierno no prevalecerán contra Ella, pero no sabemos hasta dónde su carácter y condición divinas pueden compaginarse con todas las miserias que hoy contemplamos en los pastores de la Iglesia, en los errores en que hoy incurre la jerarquía, en esta defección y apostasía casi universal en que se encuentran las naciones en otro tiempo católicas. La Iglesia… ¿no era divina? Y entonces, ¿cómo puede ocurrir la crisis que está viviendo hoy en día? La respuesta es esa: la Iglesia se encuentra en su Pasión.

Y es posible, o mejor dicho, cierto e inevitable, que la Iglesia entre en momentos aún más dramáticos: como Cristo, ha de conocer una muerte (una vuelta a las catacumbas tal vez, una abolición efectiva de la Iglesia en su manifestación pública y externa), y luego una resurrección, un triunfo sin precedentes (probablemente la conversión del pueblo judío, acompañado de una gran expansión de la fe), antes de ser asociada a su ascensión (esto es, a su ida en cuerpo
y alma a los cielos en compañía de Cristo el día del Juicio final). La Iglesia habrá imitado así todas las etapas de la vida terrena de su Cabeza, se habrá apropiado de la virtud y gracia de cada una de ellas, habrá crecido «hasta la plenitud de la edad de Cristo», y la historia habrá alcanzado entonces su meta y llegado a su fin: habrá llegado el momento de entrar en la eternidad junto a su Esposo.

Actitudes del católico frente a esta Pasión de la Iglesia.

Todo lo dicho, lejos de abatir a nadie, debe ayudarnos a evitar el desconcierto con todo lo que sucede hoy en día, y a nosotros nos toca sufrir. Saber que la Iglesia debía pasar por esta prueba suprema, anunciada numerosas veces en las Escrituras, es para nosotros un gran consuelo: todo está bajo control de su Esposo, que sólo permite estas cosas, como su Pasión, para mayor gloria de Dios su Padre, y salvación de numerosas almas. ¿Qué hacer mientras tanto? A cuatro actitudes se puede resumir nuestra conducta:

  • No desanimarnos ni desorientarnos con lo que nos toca vivir. No hemos de imitar en esto a los Apóstoles, puesto que tenemos muchas más pruebas que ellos, no sólo de la divinidad de Cristo, sino también de su Iglesia. No sabemos cómo, pero tenemos la certeza de que la victoria será de Cristo y de su Iglesia. «No temáis, pequeña grey: Yo he vencido al mundo». Sea, pues, nuestra conducta la de una gran serenidad y calma en la manera de sufrir por la Iglesia, en el modo de llevar esta pesada cruz.
  • No pensar que estamos solos. Al igual que en la pasión, los discípulos de Cristo se han dispersado: «Golpearé al Pastor, y se dispersarán las ovejas»: este ha sido el golpe maestro del demonio. Pero todas estas ovejas dispersas, ovejas son de Cristo, a las que El no olvida, y que El se obliga a reunir después de pasada esta enorme tormenta. Hay muchas almas que hoy, incluso dentro de la Iglesia oficial, están luchando y sufriendo por guardar y transmitir la fe, la oración, la devoción a la Virgen, el rosario; muchas almas que no nos conocen, y a las que nosotros no conocemos, y que sin embargo Nuestro Señor se ha guardado para Sí, como en tiempos de Elías: «Yo me he reservado siete mil hombres en Israel que no han doblado su rodilla delante de Baal».
  • Mantener la fidelidad a todo lo que el Señor nos ha legado: fidelidad a su gracia, a su doctrina, a sus sacramentos, a su Misa, a todo lo que hoy en día se puede conservar (familia, educación cristiana de los hijos, seminarios, prioratos, escuelas). «Guarda lo que tienes»: esa es la consigna que la Iglesia recibe de Cristo en el Apocalipsis para las últimas etapas de su historia.
  • Aferrarnos a la verdadera devoción a la Santísima Virgen. Y es que los últimos tiempos, así como son los del Dragón, son también los de la Mujer que ha de aplastarle la cabeza. Al igual que San Juan al pie de la Cruz, nuestra fidelidad se deberá a la unión con la Santísima Virgen. Es lo que Dios ha querido manifestarnos de modo clarísimo. A medida que se acercaban los últimos tiempos, el Cielo exigía cada vez más de los hombres y de la Iglesia una gran devoción y unión a la Santísima Virgen. Lourdes, Pontmain, la Medalla Milagrosa, Fátima, son una confirmación de esta verdad. Igualmente, los santos de los últimos tiempos han brillado, más que nunca, por su devoción a María Santísima: San Juan Bosco, el Santo Cura de Ars, Santa Bernardita, son sólo algunos ejemplos de ello.