La moda en una sociedad neopagana

Julio 29, 2019
Origen: District of Spain and Portugal

Monseñor Antonio de Castro Mayer escribía, en la década de los setenta, que en una sociedad neopagana la moda se aleja cada vez más de las virtudes  cristianas. La ropa, especialmente la femenina, nos sume en un ambiente sensual. Las jóvenes, asimismo, entran en las iglesias, al límite del “sacrilegio local”, con vestidos ajustados y escotados, con minifaldas. El cardenal Giuseppe Siri escribía en 1964 que los pantalones femeninos alteran la psicología de las mujeres, y conducen a una inversión de los papeles en que es «la mujer la que lleva los [...] pantalones [...]». Ahora bien, proseguía el purpurado, la moda cambia de continuo, pero la moral es inmutable. De ahí que debamos prestar atención a los bailes modernos y sensuales, a las piscinas mixtas, a los escotes amplios; además, está bien evitar las mangas cortas en la Iglesia, así como el uso de los pantalones cortos tanto por parte de los hombres cuanto de las mujeres, por respeto al lugar santo. Hoy, por desdicha, la moda hace a la indumentaria gravemente pecaminosa en sí. Con razón Monseñor Pier Cario Landucci recuperaba, en la década de los sesenta, un artículo de Monseñor Ernest Jouin, quien escribía: «A las mangas largas les siguen ahora las cortas; luego  desaparecerán también éstas para ceder el puesto a meros “tirantes” que no cubrirán ya nada».


A los sacerdotes les corre el deber grave de no permitir tales abusos. El cardenal Pietro Palazzini afi rmaba en 1968: «Es completamente natural en la mujer la tendencia a adornar su cuerpo; es incluso loable dentro de ciertos límites, pero hay que evitar cualquier exceso. El cuerpo humano es templo del Espíritu Santo. El atavío mujeril debe ser bello y sobrio, en cuanto adorno del cuerpo, que es templo del Espíritu Santo. Ahora bien, si pasa de ahí debido a una dañada intención de seducir, se realiza una acción objetivamente pecaminosa en materia grave, mientras que si lo hace sólo por vanidad, hay pecado venial». Es reprobable todo vestido que constituya un peligro para la virtud del sujeto (despilfarro de dinero y escándalo activo) y de los demás (escándalo pasivo).


Además de la cuestión moral o pecaminosa, es menester hacer comprender a los fieles que la indumentaria femenina prepara o deforma a las futuras madres (los pantalones, los cabellos cortos, la chaqueta y la corbata mujeriles les quitan a las mujeres el instinto maternal, que es la esencia de la feminidad). El cardenal Siri explica que, de suyo, no hay pecado mortal para las mujeres al ponerse los pantalones con tal de que haya una causa proporcionada que lo justifique (montar en bicicleta o a caballo, esquiar) y de que los pantalones no sean demasiado ajustados (para que no se entrevean las formas); en, caso contrario, se ofende gravemente a la moral. Sin embargo, los pantalones femeninos comportan cierto rechazo –tendencial o implícito– de la maternidad, y los niños, que tienen instintivamente el sentido de la dignidad de la madre, son delicadísimos al respecto y perciben la oposición que se da entre la moda y la razón o naturaleza maternal. El niño tiene una especie de sexto sentido que lo hace muy sensible a la ligereza, el exhibicionismo y la tendencial infidelidad materna, que repercutirá psicológicamente en su vida de adulto y que podría marcarlo negativamente, hasta de manera bastante grave y peligrosa.


Junto a otros factores negativos de la sociedad moderna, la moda indecente trae como consecuencia: familias rotas (divorcios o separaciones, con traumas psicológicos muy elevados en los hijos), vidas truncadas (suicidios o toxicomanías), degeneración moral y depresión. Cosas que podían hacer sonreír y parecer irreales a finales de los años cincuenta, pero que, por desgracia, se han convertido hoy en el pan nuestro de cada día. Pío XII enseñaba que el pudor femenino de hoy prepara para los deberes maternos del mañana. Decía: «Si no sois púdicas hoy [años cincuenta], no seréis madres capaces mañana [años setenta-ochenta: leyes sobre el divorcio y el aborto]». ¡Nunca hubo una previsión más verdadera! Una de las concausas principales de la gangrena del mundo actual es la amoralidad del mundo femenino y materno. La juventud crecerá ligera, frívola, irresponsable e inadaptada, tanto física cuanto psicológicamente, para la vida
matrimonial.


Hoy nadie quiere casarse. Ahora bien, el bien común de la sociedad civil se funda precisamente en la estabilidad de los jóvenes, del matrimonio y de las familias; de aquí el caos anarcolibertario de hoy, los parricidios/matricidios, infanticidios, uxoricidios, un clero muy mundanizado y una depravación superior a la de Sodoma y Gomorra. El cardenal Massimo Massimi enseñaba que «la fuerza de un pueblo es la madre creyente y fiel (al marido y a los hijos), la cual engendra y educa una juventud sana e incorrupta». Todo lo contrario de lo que sucede hoy. Así que no hay por qué maravillarse de los hechos atroces que acaecen a diario y alimentan las gacetillas de la prensa amarilla/rosa.


Pío XII enseñaba también que «el mundo moderno, con su fascinación casi diabólica, y la presión tiránica de organizaciones poderosísimas hacen que sea menester, para permanecer fieles a Cristo, un gran dominio de sí, un esfuerzo constante y una abnegación que llega al heroísmo, sin reservas ni medias tintas». El Sumo Pontífice recomendaba evitar el espíritu materialista en el traje: lujo provocador, vanidad e impudicia. Cuidado con las playas en verano; por desgracia, el espíritu “vacacionero” estival ha penetrado hasta en las iglesias, favoreciendo la impudicia y ofendiendo el pudor, convirtiéndolas en templos paganos de “tolerancia” donde se celebra una pseudoreligión lúdica.


Santo Tomás enseña que cuando unos pocos malvados y prepotentes obstaculizan el bien de muchos, el predicador no debe temer incurrir en su enojo y ratificar la verdad sin medias tintas por el bien de la muchedumbre de los fieles. Los padres deben velar primero por sí mismos y luego por sus hijos; los jóvenes deben ser fuertes y saber nadar contra corriente y contra la moda; los sacerdotes deben saber hacer respetar el templo de Dios, por más graves molestias que ello les suponga.