La buena muerte y las lecciones del coronavirus

Marzo 25, 2020
Origen: fsspx.news
Paul-Émile Millefaut, Basílica de Fourvière, Lyon

"Todo contribuye al bien de los que aman a Dios" (Rom 8:28), incluidas las pruebas, las penas y las enfermedades de esta vida. Incluso el pecado, agrega San Agustín, porque es la ocasión de recuperarse, hacer penitencia y volverse decididamente hacia Dios, Autor de todo bien.

El mal, tan extendido en este mundo, es una consecuencia del pecado, y la muerte es su pago. Todos los males que hemos de sufrir: pruebas de todo tipo, duelos y separaciones, calamidades y enfermedades, son consecuencia de los pecados, ya sea del pecado original o los pecados personales, es decir, faltas veniales o pecados graves y mortales; de los pecados de los hombres o de las acciones de Satanás y otros espíritus malignos esparcidos por el mundo para perder a las almas... Esta triste realidad es una verdad de nuestra santa religión.

No dejemos de lado el negocio más importante de nuestra vida

Con gran despreocupación, el hombre moderno ocupa todo su tiempo imponiéndose una serie de deberes y obligaciones, pero abandona la que debería ser su ocupación principal: procurar la gloria de Dios, velar por su santificación, vivir bajo la mirada de Dios esperando encontrarse con Él en la eternidad.

Indiferente, el hombre moderno se afana en satisfacer sus pasiones y acumular riquezas y bienes de todo tipo, descuidando al mismo tiempo el gran negocio de su salvación eterna y la de sus seres queridos.

Actualmente, las almas de las personas están formadas, en sus pensamientos y acciones, por doctrinas perjudiciales, marxistas o liberales, consumistas o materialistas, que les son inculcadas desde la edad más temprana. Las costumbres viciosas y corruptas se pueden mostrar públicamente, en nombre de las libertades individuales y de una supuesta no discriminación. Así va el mundo, corriendo hacia su perdición.

Hasta ahora, la actual crisis ocasionada por el coronavirus no ha desviado a los políticos de esta conspiración diabólica del olvido de Dios en las leyes de la ciudad y en las costumbres públicas y privadas.

Es así que, mientras el país adopta medidas para combatir la epidemia, Nueva Zelanda acaba de despenalizar totalmente el aborto. Una madre podrá matar a su hijo en cualquier momento, incluso en los instantes previos al parto, bajo pretexto de los llamados motivos médicos. Entre las posibles razones figuran enfermedades como el síndrome de Down, pero también un simple labio leporino o pie zambo. La única restricción: después de la vigésima semana de embarazo, se requerirá la autorización de dos médicos. El uso del aborto para elegir el sexo del niño - ¡discriminación de género! - también ha sido legalizado.

En Francia, la senadora socialista Laurence Rossignol ha solicitado la extensión de los plazos legales para practicarse un aborto, a fin de que el confinamiento de la población no sea un obstáculo para las mujeres que desean abortar. La cultura de la muerte no se rinde ni se detiene. Es de temer que una vez pasada la epidemia, la gran mayoría de la humanidad no haya aprendido nada.

El llamado a la conversión

Afortunadamente, Dios sabe sacar bienes de los males. Los hombres de buena voluntad sabrán adentrarse en sí mismos, pensar en la vacuidad y la fragilidad de sus vidas, en su último fin, y volver a encontrar así el significado de la oración, dirigirse a Dios con la ayuda de su gracia.

¡Pero cuánta falta hacen los pastores verdaderos! Salvo algunas pocas excepciones, la mayoría no se atreve a llamar a los pobres pecadores a cambiar de vida, a hacer penitencia y convertirse. Es más fácil alentar gestos de solidaridad y ayuda mutua, en vez de hablar de un justo castigo que golpea a una humanidad rebelde. Es más fácil invitar a los fieles a poner una vela en el alféizar de sus ventanas, que llamarlos a tomar las armas de la penitencia, el arrepentimiento y las lágrimas. Y, sin embargo, este es el momento más propicio, y la Iglesia está en medio de la Cuaresma.

El hombre fue creado para conocer a Dios, amarlo y servirlo. Es por eso que Cristo alaba a Santa María Magdalena, la cortesana arrepentida que se convirtió en la santa penitente: "ella ha elegido la mejor parte, y no le será quitada" (Lc 10, 42).

La humanidad exige un remedio, una vacuna lo antes posible. Reclama una señal sin demora, y ya recurre a esperanzas locas, cuya enumeración sería edificante. Tan solo pensemos en la orina de las vacas sagradas en la India, cuyas virtudes terapéuticas supuestamente protegen contra el virus, ¡a menos que se prefiera "insertar mañana, mediodía y tarde la frecuencia 49117,9008321 hertz" para no enfermar! Y, sin embargo, a esta generación malvada y adúltera, "solo se le dará la señal del profeta Jonás" (Mt 12:39).

La gracia de una buena muerte

Cualquier enfermedad, por terrible que sea, nos permite prepararnos para la muerte, la transición de la vida aquí en la tierra a la vida sobrenatural. En el instante en que el alma inmortal deja su envoltura carnal, es juzgada por Cristo, su Salvador y su Juez, rico en misericordia, pero supremamente justo. Que cada hombre se arrepienta y llore por sus pecados. Que clame al Padre como el hijo pródigo (cf. Lc 15,11-32). Que extirpe de su corazón cualquier pensamiento de rebelión u odio contra Dios, cuya Providencia gobierna todas las cosas sabiamente.

El Covid-19 puede conducir rápidamente a una insuficiencia respiratoria, que requiere de intubación y el uso de un respirador artificial. No esperemos a estar hospitalizados para llamar al sacerdote. Tan pronto como se reciba el diagnóstico, mientras el paciente todavía está en casa, es el momento perfecto para confesarse y recibir la extremaunción, con las bendiciones de la Iglesia.

Sin esperar a enfermarse, que todos se pongan ante Dios y ante su conciencia. Dios es paciente y rico en misericordia. Es hora de ordenar la vida y corregirla, de huir del vicio y abrazar la virtud, para finalmente obedecer a Dios y sus mandamientos: "Si me amas, dice el Señor, guarda mis mandamientos" (Jn 14, 15).

Los que se contentan simplemente con decir "¡Señor, Señor!" no son los que entrarán en el reino de los cielos, "sino únicamente el que hace la voluntad de mi Padre celestial" (Mt 7:21). Hacer la voluntad de Dios es lo que hizo Cristo en su Pasión, a través de la obediencia y el amor. Él es el modelo perfecto, el ejemplo contra el cual todos los hombres serán juzgados. Es hora de seguirlo y convertirse en su discípulo.

Oremos por los agonizantes que se presentan ante Dios todos los días. Y recemos por el momento de nuestra propia muerte: "Señor mío y Dios mío, desde este día y para siempre, acepto de tu mano, de buena gana y con un corazón generoso, la muerte que quieras enviarme, con todas sus angustias, todos sus dolores y penas" (San Pío X).

Padre Christian Thouvenot