El discernimiento de espíritus

Marzo 26, 2019
Origen: District of Spain and Portugal

Qué es el discernimiento de espíritus

El discernimiento de espíritus es la ciencia que nos permite discernir las diferentes mociones que obran en nuestra alma, sus diferentes principios, y señalar cuáles han sido provocados directa o indirectamente por Dios, por el demonio o por nuestra propia naturaleza humana.

Por lo tanto, entendemos aquí por “espíritu” la moción interior por la cual nuestra alma es incitada a hacer u omitir una acción, y el principio mismo de donde procede esta moción. Fácilmente pueden reducirse a tres los espíritus que mueven al hombre en sus acciones:

             El espíritu divino, al que podemos asimilar el espíritu angélico: nos incita siempre al bien, obrando directamente sobre nuestras almas, o indirectamente sirviéndose de los ángeles.

            El espíritu diabólico, al que podemos asimilar el espíritu mundano: nos incita siempre al mal, sea por sí mismo, sea por medio del mundo, que es su amigo, su aliado y su instrumento.

             El espíritu humano, al que podemos asimilar el espíritu carnal, que es una de sus manifestaciones más corrientes : nos inclina unas veces al bien, conocido por la razón y apetecido por la voluntad, y otras veces al mal, arrastrado por la propia concupiscencia.

Estos tres espíritus pueden interferirse de mil maneras; con todo, en la mayoría de los casos contamos con indicios suficientes para hacer el discernimiento con garantías de acierto.

Señales del espíritu de Dios

Los principales efectos que el espíritu de Dios produce en el alma son los siguientes:

             Le comunica luz y verdad, porque Dios es luz y verdad. El alma así movida es dócil: se deja enseñar, y acepta con facilidad las instrucciones y consejos de sus Superiores.

             Le infunde alegría, paz y confianza, incluso en medio de las mayores pruebas.

             Le inspira pensamientos humildes.

             La hace sencilla, sincera y veraz.

            La lleva a buscar la gloria de Dios y el cumplimiento de su voluntad en todas sus obras.

             La empuja a la abnegación de sí mismo, a la práctica de una caridad mansa, benigna y desinteresada, y a la imitación de Cristo en todas sus acciones.

             Le comunica una gran libertad de espíritu, es decir, la inflama en Dios y la desprende de todas las cosas creadas.

             Las mociones divinas se insinúan suavemente en el alma en estado de gracia, pero atormentan con santos remordimientos a las almas en pecado.

             Sólo Dios puede dar al alma una consolación sin causa precedente, porque es propio del Creador entrar, salir y obrar en el alma libremente, inflamándola en el amor de Dios.

Señales del espíritu diabólico

Como es obvio, serán diametralmente opuestas a las señales del espíritu de Dios:

             Deja al alma en tinieblas y oscuridad, con dudas y angustias interiores; el alma se muestra proterva y obstinada en su propio juicio, sin dar nunca su brazo a torcer.

             Le infunde tristeza, turbación, desconfianza y desaliento.

             Le inspira pensamientos de orgullo, vanidad, etc.

             La hace desobediente, o hipócrita y doble; y la obstina en no abrirse al director espiritual.

             La lleva a obrar por fines torcidos, (vgr. por vanidad), o por propio capricho.

             Le inspira horror a la mortificación y abnegación de sí mismo, impaciencia en los trabajos y sufrimientos; falsa caridad, celo farisaico, amargo, indiscreto, que perturba la paz; el alma vive en el olvido de Cristo y de su imitación.

             Hace que el alma se apegue a lo terreno, a su propio “yo”.

             Las mociones del espíritu diabólico entran en el alma en estado de gracia con violencia, como por fuerza, con ruido y estrépito; mientras que inspiran al alma en pecado una falsa paz, tranquilidad y seguridad.

             El espíritu diabólico suele sugerir sus pensamientos en la desolación espiritual; pero muchas veces se disfraza de ángel de luz y sugiere al principio buenas cosas (tentación bajo apariencia de bien), para disimular su perversa intención y hacer caer al alma cuando está desprevenida.

Señales del espíritu humano

La naturaleza herida por el pecado se inclina siempre hacia su propia comodidad, y no entiende ni sabe otra cosa que satisfacer su propio egoísmo. Por eso:

             Es amiga del placer y del regalo, y busca siempre sus gustos, preferencias y caprichos.

             Tiene horror instintivo al sufrimiento, a la mortificación y a la abnegación de sí misma.

             Busca la alegría, el éxito, los honores y los aplausos.

             No quiere oír hablar de humillaciones ni de desprecio de sí mismo.

En la práctica, es difícil a veces discernir con seguridad si alguna de estas mociones torcidas proviene del demonio o del simple impulso de nuestra naturaleza, mal inclinada por el pecado. Pero es siempre fácil discernir las mociones de la gracia de las otras dos; y así basta poder determinar si una moción es de Dios, para seguirla, o si no es de Dios, para combatirla y reprimirla.

Principales ardides del demonio

Podemos reducir a diez los ardides que el demonio utiliza para perder a las almas:

             Adapta las tentaciones al temperamento, edad, gustos de cada uno, a las circunstancias y disposiciones actuales en que se encuentra; tiene en cuenta, sobre todo, el defecto dominante.

             Pide el secreto, es decir, que no se manifiesten a los Superiores o al director espiritual las sugestiones que él hace al alma.

             Va de menos a más, comenzando por lo poco para llegar a lo mucho; sabe que muchas veces, si propusiese el pecado abiertamente, sería rechazado.

             Duerme al alma en una falsa paz, para caer luego sobre ella de improviso con una violencia extrema; deja que el alma se crea segura y se confíe demasiado en sí misma, para hacerla caer de repente.

             Cansa a las almas por la duración del combate; prolonga sus asaltos de manera tenaz y persistente, para arrojar al alma en el desánimo, porque sabe que nada cuesta tanto al hombre como la constancia.

             Se sirve de otras personas para apartarnos de Dios y arrastrarnos al pecado, utilizando el atractivo que esas personas ejercen sobre nosotros.

             Trata de viciar nuestras buenas obras, inspirándonos motivos torcidos (vanagloria, amor propio, etc.) o disminuyendo su valor y haciéndonos perder el fruto ocupando el espíritu con cosas ajenas al deber actual.

             Engaña con la apariencia de bien, adaptándose a los gustos espirituales del alma y sugiriéndole pensamientos justos y santos, para apartarla de la voluntad de Dios actual bajo la excusa de un mayor bien.

             Hace ruido y estrépito para aterrorizar a las almas, sobre todo a las temerosas y pusilánimes, presentándoles mil inconvenientes, temores o amenazas.

            10º Insinúa el espíritu de insumisión y de crítica, destruyendo el espíritu filial y la confianza en los Superiores, e introduciendo la animosidad y la rebelión contra la autoridad.

La consolación espiritual

Llamamos consolación espiritual a una moción interior del alma, que nos inflama en el amor a Dios, nos hace practicar los actos de virtud con gusto, facilidad y ardor, y nos hace insípidas las cosas de la tierra.

             Dios nos favorece a veces con consolaciones y gracias sensibles para ayudar a nuestra debilidad, para unirnos más estrechamente a El, desprendiéndonos de los placeres de la tierra, y para añadir a la devoción un santo gozo y alegría, que hacen bellas y agradables nuestras acciones incluso exteriormente.

             Cuando Dios nos favorece con estas dulzuras y consolaciones espirituales, hemos de observar la siguiente conducta:  humillarnos profundamente ante Dios, reconociéndonos todavía niños en la virtud, pues necesitamos aún golosinas para ser atraídos al amor a Dios;  aplicarnos a usar de ellas según la voluntad de Dios, que nos las ha concedido, es decir, para ser amable con todos y llenos de amor a Dios, dispuestos a obedecerle, a observar sus mandamientos, a cumplir sus voluntades y seguir sus inspiraciones;  hacer acopio y provisión de fuerzas, sabiendo que Dios nos concede consuelos para prepararnos a nuevas cruces, tentaciones o sequedades;  renun­ciar de vez en cuando a estas dulzuras y consuelos, protestando a Dios que las amamos porque El nos las concede, pero que no son ellas lo que buscamos, sino a El y su santo amor.

La desolación espiritual

Llamamos desolación espiritual a lo contrario de la consolación : una moción del alma hacia cosas bajas y terrenas, acompañada de tinieblas, turbación o sequedad, que deja al alma sin amor a Dios y perezosa, tibia y triste en el servicio del Señor y en la práctica de la virtud.

             Procedencia de las desolaciones. — Las desolaciones pueden proceder:  de nosotros mismos, esto es, de nuestra tibieza y negligencia en el servicio de Dios;  del demonio, que hace todos los esfuerzos posibles para turbarnos y apartarnos de Dios;  de Dios, que las permite para nuestro avance espiritual.

             Finalidad de las desolaciones. — Cualquiera que sea su motivo o procedencia, Dios permite las desolaciones por tres razones principales:  como castigo por nuestra negligencia, pereza o tibieza en nuestros ejercicios espirituales y en el servicio de Dios;  como prueba de nuestras virtudes, especialmente la humildad, la paciencia y la piedad, para ver cuánto somos y hasta dónde llega nuestra generosidad en el servicio de Dios cuando nos faltan los consuelos y dulzuras sensibles;  como lección, para enseñarnos nuestra miseria y cuán poco podemos por nosotros mismos; que la oración y fidelidad en el servicio de Dios son puros dones de Dios; y que la perfección no consiste en los consuelos sensibles.

             Conducta a observar durante las desolaciones. — Cuando nos encontramos en la desolación espiritual, hemos de observar la siguiente conducta:

                  a) Si observamos que la desolación procede de nuestra tibieza: humillémonos profundamente y pidamos perdón a Dios por haber sido tan negligentes en su servicio; redoblemos el celo en hacer bien nuestros ejercicios de piedad y cumplir perfectamente nuestros deberes; y abramos el corazón al director espiritual para escuchar sus advertencias con toda simplicidad y humildad.

                  b) Si observamos que la desolación proviene del demonio: despreciémosla y combatámosla tratando de ser tanto más exactos en el cumplimiento de nuestros deberes, cuanto más inclinados nos sentimos a descuidarlos.

                  c) Si observamos que la desolación proviene de Dios: recibámosla con entera sumisión y tratemos de sacar de ella todos los frutos que Dios se propone, haciendo frecuentes actos de humildad ante Dios, que nos hace palpar cuán miserables somos; ofreciendo a Dios nuestras acciones, las personas y cosas que se presentan a nuestro espíritu, convirtiendo así nuestras distracciones en oraciones; y uniéndonos a la desolación que Jesús quiso padecer en su agonía para merecer­nos la paciencia en las tribulaciones y la gloria eterna como recompensa de nuestros sufrimientos.

                  d) En tiempo de desolación no hacer mudanza, es decir, no tomar ningún propósito ni decisión espiritual grave, ni cambiar en nada el género ordinario de vida, sino al contrario, permanecer firme en los propósitos y determinaciones en que estábamos los días anteriores a tal desolación, o en la última consolación. Pues en la consolación suele hablarnos Dios o su santo ángel, mientras que en la desolación suele hablarnos el espíritu diabólico; por eso, durante la desolación no podemos decidir recta y convenientemente lo que más nos conviene, sino que debemos atenernos a las luces anteriormente recibidas.