Comentario al Evangelio del Domingo XXII después de Pentecostés

Noviembre 10, 2019
Origen: District of Spain and Portugal

LECCIONES DE PRUDENCIA.

Se diría que la penuria de las verdades ha de ser el peligro más especial de los últimos tiempos, ya que la Iglesia, en estas semanas que tienen por fin hacernos presentes los últimos días del mundo, nos encamina continuamente hacia la prudencia del entendimiento como a la gran virtud que entonces debe resguardar a sus hijos. El Domingo volvía a poner en sus manos como arma defensiva el escudo de la fe, y como arma ofensiva la palabra de Dios; ocho días antes se les recomendaba la circunspección de la inteligencia para conservar, en los días malos, su santidad fundada en la verdad y su riqueza apoyada en la ciencia. Hoy, en la Epístola, se les proponían una vez más la inteligencia y la ciencia, como suficientes por sí mismas para aumentar su amor y perfeccionar la obra de su santificación para el día de Cristo. El Evangelio concluye oportunamente estas lecciones del Apóstol con el relato de un hecho sacado de la historia del Salvador, y las da la autoridad que lleva siempre consigo todo ejemplo que procede de la vida del divino modelo de la Iglesia. Y, en efecto, Jesucristo se nos manifiesta aquí como ejemplo de los suyos en los lazos que las intrigas de los malvados tienden a su buena fe.

EL TRIBUTO AL CÉSAR.

Era el último día de las enseñanzas públicas del Hombre Dios, la víspera casi de su salida de este mundo. Sus enemigos, tantas veces desenmascarados en sus astucias, intentaron un esfuerzo supremo. Los Fariseos, que no reconocían el poder del César y su derecho al tributo, se unieron con sus adversarios, los partidarios de Herodes y de Roma, para poner a Jesús la cuestión insidiosa: ¿Está, o no, permitido pagar el tributo al César? Si la respuesta del Salvador era negativa, incurría en la cólera del príncipe; si afirmativa, perdía todo crédito en el ánimo del pueblo. Jesús, con su divina prudencia, desconcertó sus ardides. Los dos partidos, unidos tan extrañamente por la pasión, se negaron a entender el oráculo que podía unirlos en la verdad, y sin duda ninguna, al poco tiempo volvieron a sus querellas. Pero la coalición que contra el Justo se formó, se había roto; el esfuerzo del error, como siempre, se había vuelto contra ella; y la palabra que esa coalición había suscitado pasando de los labios del Esposo a los de la Esposa, no dejaría ya de resonar en este mundo, en el que esa palabra forma la base del derecho social entre las naciones.

LA AUTORIDAD VIENE DE DIOS.

Dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios, repetían los Apóstoles; y, al proclamar muy alto que hay que obedecer a Dios antes que a los nombres, añadían: "Sométase toda alma a los poderes superiores; pues no hay poder que no derive de Dios, y los que existen, Dios los ha establecido. Por consiguiente, el que resiste al poder, resiste al orden establecido por Dios, y se atrae la condenación. Sed, pues, sumisos, porque
es necesario, sumisos no sólo por el sentimiento del temor, sino también por el deber de la conciencia. Por la misma razón pagáis los tributos a los príncipes, porque son los ministros de Dios."
La voluntad de Dios, esa es la fuente y la verdadera grandeza de toda autoridad entre los hombres. El hombre, por sí mismo, no tiene derecho a mandar a su semejante. El número no altera en nada esta impotencia de los hombres sobre mi conciencia, ya que, muchos o pocos, por naturaleza soy igual a cada uno de ellos, y añadir los derechos que cada uno tiene sobre mí, es lo mismo que añadir la nada. Pero Dios, al querer que los hombres vivan en sociedad, por lo mismo quiso también que al frente hubiese un poder encargado de reducir las múltiples voluntades a la unidad del fin social. Da también a los acontecimientos que su providencia dirige, y hasta a los hombres en los orígenes de las sociedades, una gran amplitud para determinar la forma en que se debe ejercer el poder civil y su modo de transmisión. Pero, una vez investidos regularmente, los depositarios soberanos del poder sólo dependen de Dios en la esfera de las atribuciones legítimas, porque de él solo les viene el poder y no de sus pueblos, que no se le podrían otorgar porque ellos tampoco le poseen. Mientras cumplan las condiciones del pacto social, o no conviertan en ruina de la sociedad el poder que recibieron para su bien, el derecho que tienen a la obediencia es el mismo) de Dios: ya recauden los tributos necesarios a su gobierno, ya restrinjan con las leyes que dan ellos en el comercio ordinario de la vida la libertad
que permite el derecho natural, ya también publiquen edictos que lanzan al soldado en defensa de la patria a una muerte segura. En todos estos casos, es el mismo Dios quien manda por ellos y quiere ser obedecido: desde este mundo pone la espada en sus manos para castigo de los rebeldes; El mismo castigará eternamente en el otro a los que no se hayan corregido.

LA LEY OBLIGA.

¡Cuán grande es, pues, esta dignidad de la ley humana, que hace del legislador el vicario mismo de Dios, a la vez que evita al súbdito la humillación de rebajarse ante otro hombre! Mas, para que la ley obligue y sea verdaderamente ley, es natural que ante todo debe conformarse con las prescripciones y prohibiciones del Ser supremo, cuya sola voluntad puede darla su carácter augusto, haciéndola entrar en el dominio de la conciencia. Por esta razón no puede existir en el mundo una ley contra Dios, contra su Ungido o su Iglesia. Desde el momento en que Dios no esté con el hombre que manda, el poder de ese hombre sólo es una fuerza brutal. El príncipe o la asamblea que pretenda reglamentar las costumbres, la vida moral de un país en contra de Dios, merece la oposición y el desprecio de las personas valientes; llamar con el nombre sagrado de ley a esas lucubraciones tiránicas es una profanación indigna
de un cristiano y de todo hombre libre.