Carta a los niños 7

Abril 01, 2020

La Caridad de Dios

Ayer vimos cómo era conveniente que Dios sufriera mucho en su Pasión para mostrarnos la maldad del pecado.

Ahora bien, hay un segundo motivo por el cual convenía que Dios padeciera tanto en su Pasión: para mostrarnos el amor que nos tiene.

Aquel que ama a otra persona, va a querer el bien para esa persona, para su prójimo. Y si lo ama mucho, no le va a importar sacrificarse para alcanzarle ese bien a esa persona que ama, porque lo único que le interesa es hacerle el bien. Y así, por ejemplo, si alguien tiene un amigo y éste le pide prestado algo, como es amigo suyo y lo quiere, le va a conceder lo que le pide. Pero si su amigo le pide algo que a él le gusta mucho, por ejemplo, el mejor juguete que tiene, solamente se lo va a prestar y va a hacer ese sacrificio si en verdad quiere mucho a su amigo. 

En cambio, el que es egoísta no quiere el bien para los otros, sino que sólo busca algún bien para sí mismo sin importarle los demás. Y menos aún va a hacer el menor sacrificio por alguien, justamente porque no ama a los demás.

Entonces podemos decir que, mientras más verdadero y fuerte sea el amor de una persona por otra, podría, si fuera necesario, dar la vida por aquel que ama, para conseguirle un bien que es muy grande y que sólo se lo puede dar a cambio de su propia vida.

Nuestro Señor Jesucristo, durante la última cena con sus apóstoles les dijo: “no hay amor más grande que el dar la vida por su amigo”. Y esto que dijo Jesús, Él mismo lo cumplió: amó tanto a sus discípulos que dio su preciosa vida para salvarlos. Pero, no tenemos que olvidar, que así como dijimos que Nuestro Señor vio nuestros pecados, así también nos amó a cada uno de nosotros tanto, que dio su vida por nosotros.

Y el bien que Nuestro Señor nos consiguió muriendo en la cruz, es devolvernos la vida divina a nuestras almas, la gracia santificante, y abrirnos las puertas del Cielo, que estaban cerradas por el pecado, para que algún día podemos llegar allí y gozar de Dios eternamente, que es el único y más grande bien al que debemos aspirar.

¡Cuánto será el amor de Nuestro Señor Jesucristo por cada uno de nosotros que no dudó sufrir tanto y hasta morir para nuestra salvación!

Pidámosle al Sagrado Corazón de Jesús, Horno ardiente de caridad, que nos comunique un poco de su caridad, para que amemos verdaderamente a nuestro prójimo.

Que cada uno piense en qué tenemos que mejorar o cambiar para amar con sinceridad a Dios y al prójimo: sea en obedecer a nuestros padres y ayudar en la casa, sea en no pelearnos con los hermanos o siendo generosos con ellos, sea en no decir mentiras o malas palabras, etc. Y cuando nos cueste hacer alguna de estas cosas, pensemos en Jesús, que nos amó mucho y murió en la cruz por nosotros, y así nos será más fácil practicar la caridad.