Carta a los niños 6

Marzo 31, 2020

La Malicia del Pecado

Cuando leemos en los Evangelios la historia de la Pasión de Nuestro Señor, nos causa sorpresa cuántos sufrimientos soportó Jesús y qué dolorosos fueron.

Después de cenar por última vez con sus apóstoles el jueves santo por la noche, Nuestro Señor se retira al Huerto de los Olivos y allí les dice a sus discípulos que “su alma estaba triste hasta la muerte”. La Pasión había sólo comenzado y ya eran tantos los sufrimientos de su alma, que en verdad le hubieran causado la muerte si Nuestro Señor no lo hubiera impedido. ¿Qué vio Jesús para que fuera tan grande su dolor de tal modo que le causara la muerte? Vio los pecados de todos los hombres de todos los tiempos, por lo que vio también nuestros pecados.

En la misma noche comenzó a sudar sangre, y tuvo que venir un ángel a “consolar a Jesús”. Sintió tristeza porque sus amigos no rezaban como Él hubiera esperado, la cual se aumentó más cuando otro de sus amigos se convirtió en traidor y lo vendió a sus enemigos. Los guardias de los sacerdotes de los judíos lo ataron y le pegaron. Lo llevaron a la casa del Sumo Pontífice, que en vez de reconocerlo como el Mesías prometido, como le convenía a la máxima autoridad del pueblo elegido, lo condena a muerte. Le pegaron, le escupieron y le hicieron burla durante toda la noche.

Por la mañana lo llevaron de un lado a otro sin haber dormido, comido o bebido algo, todo magullado por los golpes: del pretorio a Herodes y del palacio de este rey perverso a Pilato nuevamente. Éste lo manda a azotar y Nuestro Señor termina con todo el cuerpo ensangrentado y lastimado. Le pusieron una corona de espina, la cual perforaba su cabeza atrozmente. Lo condenan a muerte y le hacen llevar su pesado instrumento de tortura cuando apenas podía caminar, y por eso piden ayuda al Cireneo. Le perforan las manos y los pies para clavarlo en la cruz. Tres horas está allí colgado en agonía y los que pasan lo ultrajan e insultan. Ve a su dolorosa Madre y le dan a beber vinagre. Muere finalmente, mostrando que era tanto su dolor que se “queja” a su Padre celestial de que lo ha abandonado.

Una pregunta nos podemos hacer: ¿Por qué quiso Nuestro Señor sufrir tanto, si siendo Dios todopoderoso nos podía redimir más fácilmente?

Y la respuesta es la siguiente: convenía que Nuestro Señor padeciera de esta manera tan dolorosa para que comprendiéramos cuanta es la malicia del pecado: es tal la malicia del pecado y tanto ofende a Dios que, en cuanto es de suyo, intenta matar a Dios, y de hecho lo hace, porque Jesús es Dios, aunque la que murió fue la naturaleza humana porque la divina no puede morir.

Esta consideración debe provocar en nuestras almas horror y odio al pecado. Y acordarnos continuamente que cada vez que pecamos, colaboramos en los padecimientos de Jesús haciendo su cruz más pesada.

Pidámosle a la Virgen que nos de la gracia de odiar el pecado y de satisfacer los pecados cometidos, ofreciendo en reparación aquellas cosas que no nos gustan para aliviar un poco a Nuestros Señor en sus sufrimientos.