CÑ 46 - El mayor sufrimiento de Jesús

Julio 18, 2020
Origen: FSSPX Spirituality

Carta a los niños 46 | El mayor sufrimiento de Jesús

Uno de los males que más atormentó a Nuestro Señor Jesucristo en su pasión, fue la traición de Judas. ¿Por qué? Porque no hay dolor más grande que sufrir algo de parte de alguien muy amado, de alguien muy cercano, de un amigo a quien hemos colmado de beneficios, de quien nunca esperaríamos nada malo.

Nuestro Señor sabía que de los fariseos no podía esperar nada bueno, por lo que no le sorprendió su malicia. En cambio, todo lo anhelaba de sus queridos apóstoles, a quienes había elegido especialmente como a sus más íntimos amigos, y a quienes había destinado a que fueran los continuadores de su obra. Sin embargo, todos lo abandonaron, y Él lo sufrió con paciencia. Pedro lo negó, lo cual le dolió mucho. Pero lo más desgarrador fue que uno de ellos lo traicionara de la manera más vil. Al menos los otros intentaron seguirlo y afirmaron que no lo habrían de abandonar, aunque Jesús conocía su debilidad. Judas, en cambio, se dirigió directamente a sus más encarnizados enemigos y lo vendió por treinta miserables monedas de plata. Y lo peor es que, a la hora de entregar al Hijo del Hombre, lo hizo con el signo de la amistad: “ave Rabi”, y le dio un beso en la mejilla.

¡Cuánto dolor el de Nuestro Señor! Ser traicionado por uno de sus más íntimos y con una burla infame al usar el signo de la amistad. Le había dado todo a Judas para demostrarle su amistad. Incluso, viendo de antemano la malicia de su corazón, varias veces le había advertido sobre su perverso designio, a fin de cambiar aquel corazón endurecido por el odio y la avaricia. ¡Judas pésimo comerciante –le dice la Iglesia en Semana Santa- más te valdría no haber nacido!

Sin embargo, no solo a un Judas sufrió Nuestro Señor, sino a varios, a lo largo de la historia. Cada vez que alguien comulga en pecado grave se convierte en un nuevo Judas. Comulgar es signo de la mayor caridad para con Nuestro Señor, pero hacerlo en pecado grave es imitar a Judas, usando un signo de amor para traicionarlo y conferirle un terrible mal. Todo esto lo sufrió Jesús en el huerto de los olivos, tanto que hasta llegó a sudar sangre.

Cuando Julio César, uno de los hombres más famosos de la historia, entró en el senado romano y se vio rodeado de sus enemigos, con una mirada fría y valiente se quedó mirándolos. Pero, cuando entre sus asesinos descubrió que el primero que se acercaba con un cuchillo era su mismo hijo Bruto, no pudo contenerse y exclamó: “¿tú también hijo mío?”.

Lo mismo dice Nuestro Señor en la Eucaristía cada vez que se acerca alguien a comulgar con el alma negra y dispuesto a sacrificar a Jesús otra vez: ¿tú también hijo?”

Quiera Dios que eso no nos pase nunca. Que nunca comulguemos sacrílegamente, ni siquiera por temor o respeto humano. Por el contrario, debemos tener un espíritu de reparación por tantos sacrilegios que se cometen en el mundo, por tanta gente que traiciona a Nuestro Señor en el Santísimo Sacramento.