CÑ 42 - La mula de rodillas

Junio 18, 2020
Origen: District of Spain and Portugal
La mula de rodillas

Carta a los niños 42 | La mula de rodillas

 

La Eucaristía es un “misterio de fe”. Sólo la fe nos dice que ahí está verdadera, real y substancialmente presente el Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de N. S. J. C. Los sentidos sólo captan los “accidentes o apariencias” de pan, por ejemplo, con la vista vemos algo redondo y blanco, y con el gusto el sabor del pan, pero no hay pan, sino la Substancia del Cuerpo de Cristo. Sólo por la fe sabemos esto, y debemos creerlo con todas nuestras fuerzas porque así lo ha revelado Dios, que no puede engañarse ni engañarnos.

Dios, a veces, obra algunos milagros para confirmar lo que nos ha enseñado. Y uno muy famoso, fue el que sucedió en la vida de San Antonio de Padua, cuya fiesta fue el sábado pasado.

Acaeció en Tolosa de Francia, donde se hallaba predicando nuestro gran santo. Una tarde hablaba sobre la presencia real de Jesús en la Eucaristía, y fue tan grande el fervor de la gente, que al aparecer la Sagrada Hostia, todos cayeron de rodillas…menos uno, que permaneció de pie, diciendo que no creía en esas cosas, y que no se arrodillaría nunca ante un pedazo de pan (argumento parecido al de los herejes protestantes).

El famoso predicador se acercó para tratar de convencerlo, pero el impío hereje le cortó la palabra y le dijo: “Fray Antonio, no se canse, el día que mi mula se postre de rodillas ante esa hostia, creeré”, dijo despectivamente y en tono burlón.

“Hermano”, dijo San Antonio, “tu mula adorará al Señor, pero cuando ella lo haga, tú también caerás de rodillas ante la Hostia pidiéndole perdón por tu ceguedad y soberbia”.

Antes de marcharse, quedaron para dentro de tres días llevar la mula a la Catedral.

San Antonio fue a dar cuenta de todo al arzobispo, y decirle que confiara en Dios. Anunció al pueblo para que asistiera a tan solemne acto, y comprobaran cómo un bruto animal, es más sensato, a veces, que los hombres incrédulos. El hereje, en cambio, se paseaba por todos lados sonriente y burlón, anunciando su triunfo y cómo pondría en apuros a ese predicador. Entre tanto, no dio de comer a su mula durante esos tres días.

Llegó el día tan esperado por todos. Acudió a la Catedral, el arzobispo con todo el clero y una muchedumbre inmensa de fieles. Momentos después llegaba el hereje, con su mula.

El arzobispo se revistió de todos los ornamentos pontificales, tomó en sus manos la custodia, en medio de la cual estaba la Sagrada Hostia, y se adelantó rodeado de ceroferarios y sacerdotes. Llegó donde estaba el impío, y éste sacó en aquel momento un saco de avena para la mula, ofreciéndosela al hambriento animal.

“Soltad la mula”, gritó el que presidía la ceremonia. Y así hicieron. El animal, dejando de lado la avena, se acercó a la custodia, levantó la cabeza, como si quisiera mirarla, luego la bajó, dobló las rodillas, y así permaneció con reverente actitud hasta que San Antonio, exclamó: “Levántate animalito de Dios, y que caigan de rodillas todos los creyentes Hijos de Dios”.

El primero que se acercó y cayó de rodillas, llorando su impiedad, fue el hereje. Todo el pueblo, lleno de entusiasmo, alababa y cantaba las grandezas de Dios.

Por tanto, con gran fe debemos creer en la presencia de Jesús en la Eucaristía, y adorarlo y reverenciarlo en lo profundo de nuestro corazón.