CÑ 18 - El tiempo pascual

Abril 17, 2020

Carta a los niños 18 | El tiempo pascual

Con el domingo pasado, hemos comenzado el tiempo de Pascua.

La Pascua era una de las fiestas más importantes para los judíos en el Antiguo Testamento. Esta fiesta celebraba la liberación del pueblo judío de la esclavitud en Egipto. Si se acuerdan, Dios eligió a Moisés para que guiara a su pueblo sacándolo de Egipto y haciéndolo pasar por el Mar Rojo, hasta llegar a la tierra prometida.

Ahora bien, todo esto que pasó en el Antiguo Testamento, era una figura de lo que iba a realizar Nuestro Señor Jesucristo en el Nuevo Testamento. El Faraón de Egipto, es figura del demonio que tiene esclavizados a los hombres pecadores. Moisés es figura de Nuestro Señor que nos libra de la esclavitud del diablo. El paso del Mar Rojo es una figura de la Pasión de Nuestro Señor que derrama su sangre para nuestra salvación para llevarnos al Cielo que es la verdadera “tierra prometida” a los cristianos.

La Iglesia celebra todos los años ese “paso” de Nuestro Señor Jesucristo de la muerte a la vida. Y es por eso que, en la fiesta de la Pascua, se celebra la resurrección de Jesús. Durante 40 días, hasta la fiesta de la Ascensión, la Iglesia celebra llena de alegría la resurrección de su divino Esposo.

¿Cómo quiere la Iglesia que vivamos este tiempo Pascual?

Ayer dijimos que Nuestro Señor es nuestro modelo en todas las cosas. Ahora bien, en la Pascua celebramos la nueva vida gloriosa de Nuestro Señor. Nosotros, entonces, para imitar a Jesús en este tiempo, debemos vivir de la “vida de la gracia santificante”, la vida del alma, que nos asemeja a Nuestro Señor Jesucristo.

En el tiempo pasado de Cuaresma, hemos hecho obras de penitencia y de reparación por nuestros pecados, para unirnos a la Pasión y muerte de Nuestro Señor. Ahora, tenemos que preocuparnos por crecer en la “Gracia de Dios”, que es la nueva vida de nuestras almas.

Con más razón que antes, debemos evitar el pecado y todo aquello que desagrada a Dios, porque tenemos la gracia en nuestras almas, y el pecado arruina esta “vida nueva” que nos consiguió Nuestro Señor con tanto esfuerzo. Cada vez que hacemos una obra buena, esta “vida nueva” de nuestra alma crece, y nos asemejamos más a Nuestro Señor. Y esto debe ayudarnos a poner todos nuestros esfuerzos en hacer buenas obras: en obedecer a los padres, en no pelearse con los hermanos, en rezar las oraciones de la mañana y de la noche y el Santo Rosario lo mejor que podamos, y muchas otras cosas más.

Y así, poco a poco, mientras más obras buenas hagamos con la ayuda de Dios, cada vez más nos asemejaremos a Nuestro Señor Jesucristo, y algún día Dios Padre nos recibirá en el Cielo como recibió a su único Hijo Jesús.