CÑ 17 - La resurrección de Nuestro Señor

Abril 13, 2020

Carta a los niños 17 | La resurrección de Nuestro Señor

Ayer, domingo por la madrugada, Nuestro Señor Jesucristo resucitó. No hay día de más alegría en todo el año, que el día de ayer. Si la Navidad es un día de alegría para todos los hombres, mucho más la fiesta de Pascua, porque en la Navidad nos alegramos de que el Hijo de Dios vino a este mundo y nació para salvarnos, pero en la fiesta de Pascua, nos alegramos porque Nuestro Señor ya triunfó sobre nuestros enemigos.

Nuestro Señor el viernes santo había muerto en la cruz. ¿Qué es la muerte? Es la separación del cuerpo y del alma. Y como Nuestro Señor es verdadero hombre, pudo morir en la cruz, y su alma se separó de su cuerpo. Sin embargo, hay que tener en cuenta que, tanto el cuerpo como el alma de Jesús, aunque estuvieran separados, seguían unidos al Verbo de Dios: el alma humana de Jesús, unida a la divinidad, bajó al limbo de los santos padres para librarlos del poder del demonio y llevarlos al cielo; y el cuerpo de Jesús, unido a la divinidad, quedó sepultado en el sepulcro que estaba cerca del Calvario.

Y al tercer día, Jesús, como es verdadero Dios, tiene el poder de resucitar, esto es, de unir por su propio poder su cuerpo con su alma. Nuestro Señor ya lo había dicho antes de morir: “Yo tengo el poder de dar mi vida y de recuperarla cuando quiera”. Nosotros cuando nos morimos, no tenemos el poder de volver a unir nuestra al alma con nuestro cuerpo, sólo Dios puede hacer esto. Y justamente, Nuestro Señor, el domingo de Pascua, recuperó la vida, uniendo otra vez su cuerpo con su alma, y lo hizo por su propio poder porque es Dios y es dueño de la vida y de la muerte.

Pero Jesús resucitó con una vida nueva, con una “vida gloriosa”. Antes Nuestro Señor quiso que su cuerpo fuera semejante al nuestro, capaz de poder sufrir, para poder morir por nosotros y salvarnos.  Pero ahora, Nuestro Señor tiene un cuerpo glorioso, y ya no puede sufrir ni morir más.

Y es por eso que decimos que hoy es un día de triunfo y de alegría porque al resucitar Nuestro Señor venció a la muerte, que era una consecuencia del pecado, y venció sobre sus enemigos al retomar la vida que le habían quitado.

Y la resurrección de Jesús nos llena de esperanza, porque su resurrección es causa de nuestra futura resurrección. Jesús es nuestro modelo en todo, y así como Él resucitó, nosotros también resucitaremos a semejanza suya, y esto también nos produce una alegría enorme ¡Algún día, después de nuestra muerte, vamos a resucitar con un cuerpo glorioso como el de Nuestro Señor y vamos a reinar con Él para siempre!

Pero para eso debemos en esta vida morir al pecado, es decir, odiarlo, combatirlo y desterrarlo de nuestras almas. Si queremos resucitar con Nuestro Señor, debemos morir aquí al pecado.

Imitemos a Jesús y soportemos con paciencia todos los males de esta vida, así como Él sufrió con paciencia su pasión y muerte, para que algún día Él nos resucite a una vida gloriosa y podamos ser felices eternamente en el cielo.