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Aniversario 110 de Pascendi: ¿Cuál es el remedio para el modernismo?

Septiembre 13, 2017

El 8 de septiembre de 1907, San Pío X publicó su gran encíclica contra el Modernismo, Pascendi Dominici Gregis. Este documento sigue siendo igual de importante 110 años después.

En 1974, el Padre Roger-Thomas Calmel, OP, escribió un prólogo para la segunda edición del Catecismo sobre el Modernismo, en el que el Padre Jean-Baptiste Lemius, OMI, presenta la encíclica Pascendi en un formato de pregunta y respuesta. En su prólogo, el teólogo dominico se pregunta si existe algún remedio para el Modernismo, que ha infectado la Iglesia como una gangrena, y su respuesta es la siguiente:

Definitivamente hay remedio. De hecho, hay muchos. El mal no es incurable, ya que sabemos por la fe que las puertas del infierno no prevalecerán contra la Iglesia (Mt. 16:18), pues Nuestro Señor no nos dejará huérfanos (Jn. 14:18), ya que nadie puede arrebatar de las manos del Señor a sus ovejas (Jn. 10:28), pues Él continuará ofreciendo su sacrificio a través del ministerio de sus sacerdotes donec veniat, hasta su regreso (I Cor. 11:26). Por lo tanto, el mal que la Iglesia sufre, no la destruirá. Puede ser curada. Pero esta vez, a diferencia de lo que sucedió a principios de siglo, el mal ha penetrado más profundamente en la jerarquía. Mientras ésta no elimine el veneno que la infecta, el remedio solo será parcial y limitado. Ciertamente, el remedio no sólo provendrá de la jerarquía, ni de la cabeza. El cuerpo tiene que liberarse del veneno en todos sus miembros. Pero para que pueda curarse el todo, la cabeza necesita recuperarse.
Cuando tratamos de encontrar el remedio que podría ser aplicado contra el Modernismo, surgen tres cuestiones fundamentales: la cabeza de la Iglesia, el testimonio que ha de prestarse, y los estudios teológicos.

El testimonio de la Tradición

Al referirse al testimonio que deberá ser dado por los miembros de la Iglesia, el Padre Calmel explica las condiciones específicas para que éste sea una respuesta verdaderamente católica contra el Modernismo. A continuación, presentamos los pasajes más importantes:

Es indispensable confesar la fe, dar testimonio público, tanto con humildad como con amabilidad, con orgullo y paciencia. Pues la verdadera confesión de la fe es una obra de amor, humildad, bondad, y no sólo de fortaleza y valentía. Sin embargo, en tiempos de la revolución Modernista, surgen nuevas dificultades que impiden que la confesión de la fe y de los sacramentos de la fe sea una obra de amor. Pero si no lo es, sería muy insuficiente ante la presencia de Dios, de los ángeles y de los hombres. Si tuviéramos que dar testimonio de la Misa católica tradicional delante de los perseguidores, si tuviéramos que enfrentar los tribunales del Terror y la Dictadura, como lo hicieron nuestros ancestros, obviamente nos expondríamos a una muerte violenta por el simple hecho de asistir a la Misa católica. En estas condiciones, ¿como no asistiríamos o celebraríamos la Misa con mayor fervor? La violencia nos pondría, por así decirlo, en una ocasión más próxima de crecer en amor para no cometer el pecado de negar la fe. Pero, hoy, debemos lidiar con la revolución Modernista y no con la persecución violenta.
Dar testimonio de la Misa católica tradicional requiere, indudablemente, de un esfuerzo paciente, pero esto no nos coloca, necesariamente, en un estado apto para aumentar nuestra caridad cuando celebramos o asistimos a la santa Misa. No nos convertimos en apóstatas de la Misa si continuamos asistiendo a ella con disposiciones mediocres, mientras que nuestros ancestros perseguidos se hubieran convertido en apóstatas si sus disposiciones interiores hubieran sido mediocres. Existen fieles y sacerdotes que, aunque sin duda se esfuerzan por confesar la fe en la Misa católica tradicional, continúan celebrándola, o asistiendo a ella, con disposiciones tibias prácticamente invariables. No parecen actuar con el gran amor que animó a los mártires del Terror cuando se exponían a la muerte por asistir a la Misa de un sacerdote indisciplinado. Dan testimonio de la Misa católica tradicional sin estar obligados a asistir o celebrarla con mucho amor. 
 

Hoy en día, prácticamente no hay ninguna motivación del exterior; pero aun sin las provocaciones externas, el fuego interior de la vida divina y de la oración mental debería ser lo suficientemente intenso para hacernos dar testimonio de la fe y de los sacramentos de la fe con el amor que Nuestro Señor desea, y no sólo Él, sino también las almas de buena voluntad que están a la espera; que quieren encontrar este amor en nosotros para poder encontrar la valentía en ellas mismas y así convertirse a Dios y confesar la fe católica y los sacramentos de la fe.

 La engañosa objeción de que la Tradición es "inadecuada"
 

Si nuestro testimonio está penetrado por este amor, la objeción engañosa, que surge de mil modos distintos, será hecha a un lado rápidamente. Nos dicen que: "al enseñar el catecismo romano, y conservar la Misa católica latina y gregoriana tradicional, no podremos influir en las almas; lo que hacen es preservar piezas de museo; las almas necesitan una religión que se adapte a sus necesidades; y esta adaptación consiste en adoptar el espíritu del Concilio, entrando así al movimiento evolutivo llamado Modernismo.' (En realidad, el Modernismo no es una adaptación, sino una perversión bajo el disfraz de adaptación: non prefectus sed permutation, en palabras de San Vicente de Lerins.)
Sabemos muy bien que únicamente corresponde a la autoridad suprema realizar adaptaciones rituales de importancia general, y proporcionar explicaciones dogmáticas. Cuando esta autoridad es deficiente, ¿cualquier adaptación se vuelve imposible? ¿Nos convertimos en inadaptados frente a nuestros hermanos de hoy, en lo que respecta a confesar la fe de todos los tiempos? Ésta es una pregunta engañosa, y se responde casi en su totalidad cuando el testimonio va acompañado de la caridad; pues ésta nos permite estar atentos a las verdaderas necesidades de los demás, sentir el modo correcto de presentar la religión de siempre, para que continúe siendo adecuada a la situación actual sin ser corrompida ni alterada.

Aun cuando la autoridad sea deficiente, y las adaptaciones generales, lejos de realizarse en la verdad, han tomado la forma de perversiones generales, aun en estos casos extremos, la caridad muestra al simple sacerdote, y más aún al obispo, dentro de su campo limitado de autoridad, el mejor modo de predicar una doctrina sana y de celebrar la Misa católica con la participación de los fieles sin perjudicar a nadie. Sobran los ejemplos. Los sacerdotes que conservan la Misa católica latina y gregoriana tradicional por una adhesión amorosa al Sacerdote Soberano, y, por lo tanto, inseparablemente, por celo hacia las almas, saben cómo cuidar de los fieles y hacerlos participar del modo más santo posible. Estos mismos sacerdotes cautivan a los niños enseñándoles el catecismo de San Pío X, y no creen que deban ceder ante el Modernismo para poder encontrar un modo apropiado de enseñanza. Sin embargo, estas bien adaptadas presentaciones, o adaptaciones fieles, sólo pueden realizarse con dos condiciones: primero, meditando incesantemente en la doctrina y ritos tradicionales para conservarlos como son, sin modificarlos o alterarlos jamás; y viviendo en unión con Dios, para que el testimonio dado de la fe católica, el firme testimonio defendido, sea un resultado del amor.

El testimonio espiritual de Monseñor Lefebvre

Para profundizar más detalladamente en las disposiciones interiores que el Padre Calmel considera indispensables para ofrecer un remedio efectivo para la crisis Modernista que asola a la Iglesia, invitamos a nuestros lectores a releer el libro Itinerario Espiritual de Monseñor Marcel Lefebvre, en donde el fundador de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, un año antes de su muerte, recordó:

la necesidad de conferir no solamente el sacerdocio auténtico, de enseñar no sólo la sana doctrina aprobada por la Iglesia, sino también de transmitir el espíritu profundo e inalterable del sacerdocio católico, vinculado esencialmente a la gran oración de Nuestro Señor que su sacrificio en la cruz expresa eternamente. (p.iii)

Y, más adelante en el libro, explica más detalladamente este pensamiento:

Dado que la Summa de Santo Tomás representa un marco de conocimiento de la fe para cada seminarista o sacerdote que deseé, según el deseo de la Iglesia, iluminar su inteligencia con la luz de la Revelación, y adquirir la sabiduría divina correspondiente, me parece sumamente necesario que estas almas sacerdotales encuentren en la Summa no sólo la luz de la fe, sino también la fuente de la santidad, de una vida de oración y contemplación, de un ofrecimiento de sí mismos total y sin reservas a Dios, a través de Nuestro Señor Jesucristo crucificado, prepárandose y preparando a las almas que les son confiadas para una vida de santidad en el seno de la Santísima Trinidad. (p.14).

Continúa expresando su deseo de que los sacerdotes escriban una "Summa espiritual de la Summa Theologica de Santo Tomás," de la cual proporciona un enriquecedor resumen en su Itinerario Espiritual.

Tal vez haya quienes critiquen tácitamente lo que consideran una visión demasiado espiritual de la lucha por la fe, creyendo que no se comprenden del todo las prioridades y emergencias actuales... y, en cierto modo, que se trata de una desmovilización. El Padre Calmel nos muestra al final de su prólogo la naturaleza exacta de esta batalla, que un soldado llamaría asimétrica, y nos recuerda enérgicamente a Aquel que es nuestra ayuda indispensable en estas circunstancias:

Nuestra lucha contra el Modernismo, aunque sea librada con la oración, como debería de ser, o aunque se utilicen las armas adecuadas, no está en proporción con el mal. Esta vez, la apostasía ha afinado sus métodos tan perfectamente que sólo con un milagro podrán ser vencidos. Nunca dejemos de implorar este milagro al Corazón Inmaculado de María. Continuemos la lucha con todas nuestras fuerzas como siervos inútiles que somos, pero pongamos nuestra esperanza, más que nunca, en la todopoderosa intercesión de Santa María, la Madre de Dios siempre Virgen, pues es ella quien, una vez más, vencerá la herejía. Gaude Maria Virgo, cunctas haereses sola interemisti quae Gabrielis archangeli dictis credidisti.

Después de todo, fue el 8 de septiembre, fiesta de la Natividad de la Santísima Virgen María, que San Pío X publicó su encíclica contra el Modernismo.