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27° aniversario luctuoso de Mons. Antonio de Castro Mayer

Abril 25, 2018

El 25 de abril de 1991, al mes exacto del fallecimiento de Monseñor Marcel Lefebvre, entregaba su alma a Dios Monseñor Antonio de Castro Mayer. A fin, pues, de conmemorar los 27 años de la muerte de este gran atleta de la Fe, nada mejor que señalar los principales rasgos de su vida.

1º Del nacimiento hasta la elevación al episcopado. 

Antonio de Castro Mayer nació el 20 de junio de 1904 en Campinas, estado de São Paulo (Brasil), en una familia profundamente católica y numerosa (12 hijos). De su padre, Juan Mayer, oriundo de Baviera, recibió –diría él más tarde– el mayor de los tesoros: la fe. 

A los 12 años entró en el Seminario menor de Bom Jesus, en Pirapora, y en 1922 ingresó en el Seminario mayor de São Paulo. Dada su inteligencia y buenos resultados, fue enviado a Roma para terminar sus estudios en la Universidad Gregoriana. Fue ordenado sacerdote en 1927, recibiendo al poco tiempo el grado de doctor en teología por la Universidad Gregoriana. 

De vuelta a Brasil, fue nombrado profesor del Seminario de São Paulo, donde enseñó Filosofía, Historia de la filosofía y Teología dogmática durante 13 años. En 1940 el arzobispo de São Paulo lo nombra Asistente general de la Acción católica, entonces en fase de organización. En 1941 es promovido a canónigo del Cabildo metropolitano de São Paulo, y poco después (1942) a Vicario general. En 1945 debe encargarse de las cátedras de Religión y Doctrina social católica, en la Facultad de Derecho y en el Instituto Sedes Sapientiæ, ambas escuelas superiores de la Pontificia Universidad Católica de São Paulo. 

2º Antonio de Castro Mayer, obispo de Campos.

El 6 de marzo de 1948, el Papa Pío XII promovía al Padre Antonio de Castro Mayer como Obispo titular de Priene, y Coadjutor, con derecho a sucesión, del Arzobispo de Campos. El 23 de mayo era consagrado en la iglesia de Nuestra Señora del Carmen, en São Paulo. Y el 3 de enero de 1949, al fallecer el Arzobispo de Campos, Monseñor de Castro Mayer lo sucedía como Obispo diocesano de esta importante circunscripción eclesiástica del estado de Río de Janeiro.

1º Sus grandes cualidades de pastor. 

Dotado de un temperamento afectuoso, y de modales sencillos y afables, Monseñor de Castro Mayer era conciliador por naturaleza; mas cuando estaba en juego un principio doctrinal o un punto que pudiese causar daño a su rebaño, o detrimento a la honra de la Santa Iglesia, se volvía irreductiblemente firme e intransigente. 

Hombre verdaderamente apostólico, sabía ser un león en la defensa de los derechos de Dios, y al mismo tiempo un cordero en sacrificar sus más legítimos intereses personales. Esto es lo que explica la admiración y estima que suscitó en torno de sí durante tantos años de fecunda actividad pastoral. 

2º Reorganización de la actividad pastoral en la Diócesis. 

Desde que fue investido de su misión episcopal en 1948, Monseñor de Castro Mayer recorrió toda la diócesis para verificar in situ las condiciones espirituales y materiales de sus diocesanos. 

Reorganizó así la vida de las parroquias, tanto en el campo como en las ciudades. Dio nuevo esplendor a las iglesias situadas en su jurisdicción. Trajo a la diócesis numerosas Congregaciones religiosas, entre las que se contaban benedictinos, sa-lesianos, redentoristas, carmelitas descalzos, franciscanos; igualmente, llamó a Congregaciones femeninas para que se encargaran de los hospitales y asilos. En 1956 abrió el Seminario menor de la diócesis, en la ciudad de San Sebastián de Varre-Sai, y en 1967 obtuvo el permiso para establecer en la diócesis un Seminario mayor, con clases de filosofía y teología. Y, por supuesto, no podía descuidar las escuelas, indispensables para la formación sólida de los niños tanto en el ámbito de los estudios como en el plano de la fe, por lo que fundó, en medio de grandes dificultades, varios establecimientos de enseñanza, poniéndolos en manos, ya de sus sacerdotes diocesanos, ya de Congregaciones traídas a Campos con ese fin. 

3º Cartas pastorales. 

Monseñor Antonio de Castro Mayer fue uno de los obispos más célebres en la actividad religiosa de Brasil, gracias en gran parte a la gran calidad doctrinal de sus numerosas Cartas pastorales, Instrucciones y Circulares, que causaron gran impacto, no sólo entre sus diocesanos, sino en el resto del país y fuera de él, siendo traducidas algunas de ellas a varios idiomas. 

La más conocida de todas es tal vez la del 6 de enero de 1953, sobre los Problemas del apostolado moderno. Otras Cartas pastorales marcaron también el episcopado de Monseñor Antonio de Castro Mayer como un sólido apoyo para los católicos de este tiempo de crisis, y para preservar a sus fieles contra los errores del progresismo. 

4º Devoción a Nuestra Señora. 

Monseñor de Castro Mayer se distinguió siempre por su tierna devoción a Nuestra Señora. A ella le confió su episcopado, bajo el lema de Ipsa conteret: Ella aplastará [la cabeza de la Serpiente]. Él sería, en su diócesis, el heraldo de Nuestra Señora, el predicador de sus privilegios, el promotor de su causa, el organizador de las saludables misiones presididas por la Imagen Peregrina de Nuestra Señora de Fátima, el sostén de todos los movimientos y obras parroquiales empeñadas en la difusión y profundización de la devoción mariana. 

Sus Cartas pastorales sobre Nuestra Señora, su insistencia en la recitación del Santo Rosario y la implantación de la práctica del Rosario perpetuo en la diócesis, la difusión de la devoción de las tres Avemarías, el énfasis puesto en la predicación de la Consagración al Corazón Inmaculado de María y de la devoción a los Primeros sábados de mes, dan fe de la importancia que siempre adjudicó al papel de María Santísima en la economía de la salvación, en la solución de la crisis contemporánea y en su actividad episcopal. 

3º Actitud de Monseñor de Castro Mayer durante el Concilio y el posconcilio. 

1º En el Concilio. 

Durante el Concilio, Monseñor Antonio de Castro Mayer enfrentó la corriente progresista y se destacó como uno de los líderes de la corriente conservadora. Sus intervenciones en favor del latín en la liturgia, de la estructura monárquica de la Iglesia, del mantenimiento de los privilegios que en el orden social cristiano deben distinguir a la Santa Iglesia de las sectas heréticas, y de la condenación explícita del comunismo, hicieron de él uno de los principales defensores de la doctrina tradicional de la Iglesia durante el Concilio. Con Monseñor Marcel Lefebvre formó parte del Coetus Internationalis Patrum, y fue con él uno de los dos únicos obispos en el mundo en continuar, en el período posconciliar, un combate público contra los errores que corrompen la fe y causan la pérdida de tantas almas. 

2º Obispo emérito de Campos. 

Después de su valiente participación en el Concilio, volvió a su diócesis, en la que mantuvo con tesón la Tradición hasta su dimisión forzada en 1981. Con la llegada del nuevo obispo, Monseñor Carlos Navarro, varios sacerdotes formados por Monseñor de Castro Mayer fueron expulsados de sus parroquias y perseguidos por querer conservar la Tradición de la Iglesia. Ante esta implantación del progresismo en la diócesis por parte del nuevo titular, Monseñor de Castro Mayer sintió el deber de apoyar a esos sacerdotes, que instintiva y filialmente se volvían hacia él. Todos le sometían sus decisiones, sus proyectos de construcción de nuevas capillas, sus Congregaciones y Asociaciones parroquiales, para poder hacer frente a la situación. A fin de reagrupar a estos sacerdotes, y a los nuevos que ordenara, fundó en Campos la Unión Sacerdotal San Juan María Vianney. 

3º Acción conjunta con Monseñor Lefebvre. 

Cabe destacar también que Monseñor de Castro Mayer redactó con Monseñor Lefebvre varios manifiestos de resistencia a las innovaciones, o de advertencia al Papa, entre los cuales el más conocido es el Manifesto episcopal del 21 de noviembre de 1983, en el que denunciaban al Papa Juan Pablo II los principales errores del Concilio, y el alejamiento que suponían de toda la Tradición y enseñanza perenne de la Iglesia. 

Y sobre todo, Monseñor de Castro Mayer estuvo presente como obispo con-consagrante en las consagraciones episcopales del 30 de junio de 1988 en Ecône, realizadas por Monseñor Lefebvre. Declaró entonces, después de definir la crisis actual que afectaba a la Iglesia en lo que tenía de más sustancial, el santo Sacrificio de la Misa y el Sacerdocio católico, que estaba presente por un verdadero deber de conciencia, para dar público testimonio de fe en un momento en el que las almas corrían gran peligro de perderla; y, después de lamentar la ceguera de tantos hermanos en el episcopado, terminaba expresando su adhesión a la postura de Monseñor Lefebvre, «dictada por su fidelidad a la Iglesia de todos los siglos», añadiendo esta hermosa observación: «Ambos hemos bebido de la misma fuente, que es la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana». 

4º Ultimo acto público: ordenación sacerdotal en Varre-Sai. 

De vuelta ya a Campos, Monseñor de Castro Mayer procedió a la ordenación del Padre Manuel Macedo, en Varre-Sai, el 18 de diciembre de 1988. Durante la ceremonia explicó las razones de esa aparente «desobediencia»: 

«Nadie puede negar que vivimos una terrible crisis en la Iglesia, que afecta profundamente el sacerdocio católico. La perpetuidad del Santo Sacrificio de la Misa, la administración de los Sacramentos, la conservación y transmisión fiel de la fe católica, se ven hoy seriamente amenazados. Por todo eso, es innegable el gravísimo estado de crisis en la Iglesia, y la necesidad que tenemos de sacerdotes católicos para el Santo Sacrificio y para la doctrina. Cuando las autoridades de la Iglesia se niegan a dar sacerdotes verdaderamente católicos, un obispo no puede pretender haber cumplido su deber, si se limita a resistir en la fe como un seglar. Delante de Dios, de quien recibí la plenitud del poder de orden en la consagración episcopal, afirmo que, en la presente crisis, no sólo es lícito, sino que además urge aun como un deber impostergable, valerse de estos poderes para el bien de las almas… Cumplo así la misión que me fue confiada: transmito el sacerdocio católico que recibí: Tradidi quod et accepi.» 

Conclusión. 

Monseñor Antonio de Castro Mayer fallecía en Campos al poco tiempo, el 25 de abril de 1991, fiesta de San Marcos Evangelista, después de 42 años de episcopado y de 63 de sacerdocio. Ciertamente que el Señor lo halló como un siervo bueno y fiel a su ministerio episcopal, razón por la cual también nosotros le debemos nuestra alabanza y gratitud. 

Los restos mortales de Monseñor Antonio de Castro Mayer reposan, aguardando la resurrección, en la cripta de la Capilla de Nuestra Señora del Carmen, en el cementerio reservado a la Orden Tercera.


Fuente: Hojitas de Fe 139